VERITAS FILIA TEMPORIS
La crónica de las salas — escrita por la dama Genoveva, guardiana de la biblioteca de la Ciudad Crónica
Del polvo al marfil (I–VIII) · láminas 001–089 de 121 · con el testimonio de Lirio, paladín de León
La ciudad donde el tiempo se camina
En la ciudad donde vivo, el tiempo no pasa: se camina. Los años son salas, los siglos alas del edificio, y lo que en otros mundos se llama recordar aquí se llama simplemente ir. Yo soy la que guarda la biblioteca, y me han encargado —me he encargado; a esta altura da lo mismo— la crónica de las salas: recorrerlas en orden, pararme ante cada ventana y escribir lo que muestra y lo que no muestra. Porque las ventanas de esta ciudad no dan al aire. Dan a lo que pasó.
Pedí testimonios antes de empezar. El primero me llegó hace poco, escrito con una letra grande y pareja de hombre que aprendió tarde: el testimonio de Lirio, paladín de León, el que cargó los hechos mientras los sabios los ordenaban. Le pregunté cuánto pesaban. «Pesan, señora. Pesan como una campana», me escribió, y yo, que sé qué campana dice, dejé el pliego una semana entera sin poder abrirlo de nuevo. Vendrán después los otros: el que murió dos veces, el que rezaba de mentira y salvaba de verdad. Esta crónica se apoya en ellos como la hiedra en el muro; donde yo sepa más que los testigos, lo diré, y donde sepa menos —también ocurre, y más de lo que quisiera—, lo confesaré.
Camino las salas a la hora de los maitines. Las tres de la mañana fue, en los años que estas ventanas muestran, la hora de los demonios: la hora en que el Señor pedía compañía en el huerto y no se la daban, la hora de los ataques, de los ladrones alados, de los susurros. Aquí es solamente la hora más callada del edificio, y ese es todo el resumen de esta historia, si lo quieren corto: costó ochocientos años y más muertos de los que caben en un retablo, pero las tres de la mañana volvieron a ser una hora del reloj.
De mí sabrán lo que importa cuando toque. Adelanto una sola cosa, para que después no se llamen a engaño: en la segunda sala voy a entrar en esta historia con un velo blanco y un ovillo de hilo dorado, y no voy a entrar del lado de los justos. La que escribe esto esperó ocho siglos para poder escribirlo así, sin adornarse y sin flagelarse, que son las dos maneras de mentir que tienen los cronistas. La verdad es hija del tiempo, dice el lema grabado en la puerta de la ciudad. Yo también soy hija de alguien, y también esperé. De eso, en el fondo, va toda la crónica.
Las primeras ocho salas están terminadas y frías, y son las que hoy camino — el ala entera del polvo y la primera del marfil. Del otro lado del tabique se oye trabajar a los albañiles del tiempo —no proyectan sombra, no hacen polvo; solo se los oye—, levantando las salas que faltan: la del corazón, las de la nieve. No los apuro. En esta ciudad, apurar una sala es la única blasfemia.
Empiezo como empezó todo, y como el paladín me enseñó a empezar: por el polvo.
I. La sala del polvo
La primera sala huele a vela y a tierra seca. El que entra cree que las ventanas están sucias; no lo están: así era el aire de aquellos años, con la estrella recién caída y cincuenta millas de polvo que no terminaba de bajar. Yo no estuve en Jerusalorium. Conocí a sus hombres cuando el desierto me los trajo, ya golpeados. Esta sala la camino con el testimonio de Lirio en la mano, como quien va con lámpara.
La primera ventana es grande como una pared, y hay que quedarse ante ella un rato largo, porque es también la última del edificio: el que la talló hizo que la explanada del Monte Moria, al atardecer, con la vieja mezquita coronada por una cruz y el patio sembrado de carpas de refugiados, tuviera exactamente la misma luz que la ventana final de la ciudad, la única azul. No lo digo por erudición: digo que se paren aquí y se acuerden de este encuadre cuando lleguen al otro extremo. Corría el año vigésimo desde la conquista, y el mejor momento ya había pasado. Sobre las montañas del fondo se ve el resplandor sucio donde cayó la estrella — no quedarse en el cielo, como la de Belén: caer. Todos los desastres de esta crónica caben en esa diferencia de verbo.

La segunda ventana es la que más quiero de la sala, y la menos heroica. Un hombre grande reparte agua entre los refugiados; el detalle del centro son sus manos, enormes y cuidadosas, junto al cuenco de un niño. Al fondo pasan revista los mantos blancos, y él los mira desde afuera. Lirio, peregrino del reino de León, aprendiz jamás aceptado, con un mandato de familia a cuestas: hacerse dignos de lo que una vez les dieron y perdieron. «Como se mira una mesa servida por la ventana», escribe él de esos mantos. Toda la orden nueva —la ciudad entera desde donde escribo— empezó en un hombre que daba de beber mirando una mesa ajena.

Después la sala se oscurece, y la tercera ventana arde. Maitines: el golpe seco, la tela de la realidad rasgándose, el torbellino de luz con símbolos alrededor en medio del patio, y la puerta de energía vomitando cosas de piel asquerosa entre las fogatas. El vidrio guarda el violeta de aquella puerta, y hace bien: ese violeta va a volver, sala tras sala, como vuelve una fiebre. Miren la esquina baja: un muchacho a caballo alejando bestias de la gente, un pelirrojo golpeando con una cruz de hierro que no fue fundida para eso, y Lirio metiendo refugiados a empujones de cuerpo en el Santa Sanctorum. Lo más extraño lo entendieron después: el ataque venía de adentro y fluía hacia afuera. Nadie ataca así. Se ataca para entrar — salvo que uno ya esté adentro hace mucho.

El amanecer siguiente ocupa la cuarta ventana: el patio humeante, los cráteres donde las criaturas se enterraron, los deudos entre las carpas pisoteadas. Bajo un sudario, el segundo maestre Godofredo con su perro muerto al lado y un símbolo grabado en el cuerpo que el sudario apenas deja adivinar — el vidrio tiene pudor, y yo se lo agradezco. Y a la derecha, arrodillado, un muchacho de dieciséis años recibe el estandarte de la orden. Alexio. Gonfaronero a los dieciséis, muerto a los diecisiete, y no una vez. Cuando pase por esta crónica gente que crea que la santidad es cosa de viejos, la traeré de los pelos ante esta ventana.

La quinta ventana está casi negra, y es la más tensa de la sala precisamente porque no pasa nada. Una posada atrancada como en cuarentena — La Ballena Blanca, se llamaba, y háganme el favor de no buscarle símbolo: a veces una posada es una posada —, los templarios golpeando en el nombre de Cristo, y arriba, en el cuarto grande, un viejo de barba blanca sentado en la cama con un escudo tapado por un paño sucio cruzado sobre las rodillas. En el rincón, una armadura negra que no se mueve, no respira, no hace ruido. El viejo era el maestre Glaucom, al que en ese momento estaban velando, muerto, en el Temple. Lirio confiesa en su testimonio que aquel hombre le caía bien, que lo habría seguido adonde lo llevara, y saca la lección completa: el mal no siempre asquea; a veces convida zumo. Yo agrego la mía, que me costó más cara: el mal tampoco siempre sabe que es el mal. Al impostor de esa cama lo habían vestido con un muerto, y también a él alguien lo había mandado.

La sexta ventana es un espejo, y les pido que no se miren en ella mucho rato. El falso maestre levantó el paño como prueba de buena fe, y el escudo era un mosaico espejado que devolvió a los templarios fraccionados, retorcidos, corruptos: la peor versión posible de cada uno. El tirano de ojos muertos, el carnicero abrazado a su cruz, el sabio consumido y hueco. El vidrio de la ventana reproduce el vidrio del escudo, espejo de un espejo, y el efecto es el que imaginan: el visitante aparece un instante entre las caras rotas. Escribe Lirio: «hay noches en que pienso que toda la campaña fue ese escudo, mostrado despacio». Es la frase más exacta de su testimonio, y la crónica entera puede leerse como su glosa. Todos los que pasan por estas salas terminaron viendo su peor versión; los que hicieron la ciudad son los que, habiéndola visto, eligieron la otra.

Sigue el combate del piso alto, en cuatro escenas. El viejo que pelea como un veterano, con una bastarda negra de guarda infernal y pasos cortos de esgrima; la rajadura que se abre en el cielo raso del mundo para que baje un arconte de pura luz — el vidrio blanquea ahí, y a más de un visitante lo he visto persignarse ante esa columna de claridad, y no los corrijo —; la guadaña de hierro frío segando las piernas a la altura de los tobillos, y el disfraz deshaciéndose: piel violácea, un cambiaformas con las ropas del muerto colgándole mal. La cuarta escena es una sombra en el muro: la cruz de hierro en alto y el golpe que no se muestra. «La cruz se lleva los pecados al infierno», dijo el irlandés. La ventana deja el golpe fuera del vidrio, y está bien: hay remates que pertenecen al brazo que los dio, no a la posteridad.

Después, el botín, dispuesto como esos cuadros de mesa que pintan frutas y calaveras: treinta monedas de platino, la bastarda negra, el escudo espejado ya apagado en negrura, un talismán de calaveritas dentadas — una prisión de almas, vacía, gracias a Dios y a quien corresponda —, y un relicario con una cabecita azulada de toro con un pentáculo en la frente. Ahí está: el primer brillo dorado del edificio, del tamaño de una nuez. El signo de Baphomet. Quien recorra la ciudad entera va a aprender a temerle a ese oro, que en estas ventanas nunca es riqueza: es contrato. Al lado, el pelirrojo O'Ryan vestido con la armadura negra completa del rincón, tan contento, y sus hermanos mirándolo con la cara que se mira a un hombre que se prueba el ataúd. «Nunca supieron del todo si era una armadura que iba a ponerse, o un caballero al que había que tocar para activar», dice el letrado viejo. Guarden la duda. En esta crónica la ropa elige, y no siempre elige bien.

La novena ventana está en la parte baja del muro, porque muestra un sótano: el laboratorio secreto bajo la biblioteca, patas para arriba, y contra la pared las cinco cubas de incubación con el vidrio roto y pedazos de cuerpos a medio formar flotando en un caldo violáceo. La obra del flamenco muerto, que juraba no haber caído jamás en la nigromancia — anoten cómo juran los flamencos. Entre los destrozos, una anciana casi irreconocible con ropas de abadesa: Elizabeth, cuatrocientos setenta años alcanzándola de golpe. «Sí, soy una vieja de mierda», se destapó, y yo, cada vez que paso, le sostengo la mirada al vidrio. Fui una mujer que vivió demasiado, sé lo que la longevidad prestada cobra al vencimiento, y sé que de las dos maneras de envejecer —toda junta o nunca— la de ella fue la más honesta.

De la décima ventana no voy a escribir mucho, porque lo que muestra no se comenta: se reza. Hugo de Payns escucha de rodillas la verdad completa. Una hora después, su mano abierta deja caer dientes sobre la piedra. «Hagamos una plegaria por la que fue mi mujer.» Lirio, que venía del arado y para quien la muerte era una vaca hinchada o un abuelo en invierno, escribe que esa noche no supo si rezaba con un santo o con un monstruo, y que ochocientos años no le alcanzaron para decidirlo. A mí tampoco me alcanzaron, y eso que yo conocí a la señora. La ley pesaba más que el amor, dijo el maestre. En mi ciudad guardamos esa frase con las cosas filosas.

La última ventana de la sala es nocturna: el anaquel del tesoro abierto a la luz de una vela — armas contra el mal, agua bendita, «Dios provee» —, los hombres pertrechándose en silencio, y la pequeña columna saliendo del Temple al abrigo de la noche, a la misma hora en que habían atacado los demonios, hacia el resplandor de la estrella caída. Cuéntenlos: un aprendiz jamás aceptado, un gonfaronero de dieciséis, un irlandés con armadura de muerto, un húngaro que hablaba solo y segaba como quien reza, un sabio sin músculo. Con eso contaba la cristiandad esa noche. «Y con Dios, supongo», escribe Lirio. «Siempre se cuenta con Dios; el asunto es saber para qué lado cuenta él.» Detrás de la columna, la ciudad se cierra como un párpado. Aquí termina la primera sala; la puerta a la segunda es baja, y conviene agachar la cabeza, que es la postura correcta para lo que sigue.

II. La sala del laberinto
Esta sala la barro yo misma. No dejo que los sirvientes de la ciudad la toquen, y no por celo de cronista: porque en la cuarta ventana entro yo, y una tiene derecho a decidir quién le quita el polvo a su propia vergüenza. Adviértase desde el umbral: en esta sala hay una cabeza de dios muerto, un rey con máscara de toro, y una mujer velada de blanco que deja caer un ovillo. La mujer soy yo. El rey era mi padre. La cabeza — la cabeza tenía nombre, y el nombre va a llegar a esta crónica más tarde, ardiendo, como llegó a ellos. Todavía no lo escribo. Hay nombres que hasta en una ciudad fuera del tiempo conviene hacer esperar.
La primera ventana del viaje empieza rota, y rota a propósito: el borde izquierdo es gesso crudo con carbón, sin pintar. Belén en vísperas de Pascua quedó a medias en la fuente de estas salas — una visita junto a una fogata, un cabro que hablaba del Apocalipsis, todo perdido —, y los talladores dejaron el hueco a la vista en vez de inventarlo. Es la primera laguna declarada del edificio; acostúmbrense a su blancura, que las habrá peores. Lo que sí se ve: la ciudad santa en paranoia y cuarentena, un jinete de fusta pesada que faja y captura templarios como fardos —Ärsvan camuflado entre cajones de fruta, que nadie diga que la crónica no guarda sus comedias—, y después las praderas del mar Muerto: granjas abandonadas, vacas muertas, pájaros caídos por el polvo. Tierra sin nadie. El mundo ya estaba enfermo de lo que ellos iban a buscar.

Y entonces, la ventana grande. La sala entera está construida alrededor de ella, y de noche —en esta ciudad hay noche cuando la ciudad quiere— parece que el vidrio diera a un valle de verdad. Una cabeza. Sesenta metros de cabeza para un cuerpo de cuatrocientos, blanca como marfil, caída desde los circuitos celestes, semihundida en el valle, resplandeciendo a la luna con una luz que se le escapa por la comisura de los labios. Al pie, minúsculo, un campamento de dos tiendas; en primer término, cinco jinetes de espaldas, del tamaño de insectos. Lirio escribe que pensó, con su teología de arado: si los dioses paganos tienen cabezas que se pueden cortar, ¿quién tiene la mano que corta? Tardó nueve salas en saberlo y se arrepintió de haber preguntado. Yo lo supe siempre, y no me arrepiento de nada: me arrepiento de todo, que es distinto, y más largo.

Frente a la cabeza, los talladores pusieron los cinco retratos, en franjas verticales como santos de retablo, con el marfil del dios muerto llenando la noche detrás. Reynaud leyendo junto al fuego, con su espada oxidada y su figurilla de santo — el único hombre que conocí capaz de mentir con la palabra sagrada en la boca y salir de la mentira más limpio que sus jueces. Alexio con la espada invertida como cruz, el aura blanca corriéndole por el filo. Ärsvan, mitad cara al fuego, mitad a la sombra, que es la única manera honesta de retratarlo. Lirio afilando el mandoble de su abuela. Y Michel — Michelle la llamaban algunos; nunca aclaró y así queda, y la crónica respeta lo que la persona no quiso fijar — ordenando bombas y hierbas de su morral. Cinco. Miren la ventana y cuenten conmigo, señores visitantes: con cinco alcanzó.

La quinta ventana es pequeña y de noche cerrada: el consejo de las fogatas, y el viejo Kuno con su bota de vino tendiendo un papiro antiquísimo y una pluma de ganso. Quería llevarse los nombres escritos, de recuerdo: Reynaud, Alexio, Lirio, Michel. Y a Ärsvan, cuyo nombre nadie le había dicho, lo nombró igual. La ventana muestra al viejo yéndose solo hacia el desierto, chiquito contra la noche, con la bendición más hermosa de toda la crónica todavía tibia en la boca: «Que el Señor los encuentre vestidos, y no desnudos.» Cada vez que la ciudad recibe caminantes nuevos, los traigo ante esta ventana antes que a ninguna otra. Los que entienden por qué, se quedan.

Aquí entro yo, y voy a escribirlo mirando el vidrio, porque para eso esperé ocho siglos. La ventana muestra el descenso de los templarios en fila prolija, con el estandarte desplegado, a las dos de la mañana; los encapuchados de gris con jabalinas que les dan el quién vive; las dos tiendas —roja y blanca— junto a las planchas de marfil veteado que mi padre hacía minar de la fisura; los gnomos con nombres de tribus. Y en el ángulo, saliendo de la tienda blanca a reprender al guardia, una mujer con velo blanco que al retirarse deja caer, no un pañuelo, sino su ovillo de hilo dorado. Los pañuelos se devuelven. Los ovillos se siguen. Yo sabía exactamente lo que hacía, y lo que hacía era lo que mi padre esperaba de mí: ser la carnada amable de una trampa paciente. Lo que no sabía es que las trampas, a veces, se cierran sobre la trampera, y tardan siglos, y a eso otros lo llaman gracia.

La ventana siguiente la tallaron con más pudor del que yo tuve. El hilo dorado cruzando la arena hasta la tienda iluminada desde dentro; dos siluetas apenas, entre velos; y al amanecer, un hombre saliendo renovado, con un vigor que no era natural, mientras yo, en el umbral, le mostraba un contrato de matrimonio preparado. Le dije la verdad, además — «lo que hay ahí adentro es muy peligroso; mi padre solo me dejará ir con un verdadero héroe; en realidad espera que todos mueran» —, porque las mejores trampas de mi casa se armaban siempre con verdades. Y le ofrecí un contrato porque en mi casa el amor se firmaba: yo era hija de un rey que jamás rompió un contrato, y no conocía otra lengua para decir quedate. Sus hermanos le hicieron bromas durante años. Háganlas, si quieren; el tiempo, que tiene mejor humor que todos nosotros, convirtió ese papel en la redención más grande de esta historia. La mía. Escribo esta crónica con el apellido de aquella noche y no me tiembla la pluma: de todas las cosas que fui, la que firmó ese contrato es la única que volvería a ser.

Mi padre ocupa la ventana siguiente, y me detengo ante ella más de lo que la crónica necesita. El rey Minos, de armadura negra, quitándose la máscara de toro para hablar; el toro blanco asomando enorme sobre el campamento, como un pariente muerto que se niega a irse; el mercenario a su flanco con un casco templario robado la víspera. «Mi reino es el gran mar. He venido a pagar mis respetos a un viejo enemigo que también fue mi aliado, y a recordar con él lo que tal vez pasó, o pasará, en otros tiempos.» Lirio se persignó al oírlo; hoy vive en una ciudad donde esa frase es urbanismo. El tributo de mi padre —una libra de carne o una gota del rito— lo pagó la más nueva de todos: Michel, llevada en un carrito por el capitán de los gnomos, que dejó en la mesa el dedo pequeño del pie y una libra de carne, y pagó por todos, y la marca le quedó para siempre. Yo le pasé el ovillo a escondidas —«tú sí eres casto y puro»— y era cierto, y por eso mismo era cruel. En la parte baja del vidrio se me ve hacerlo. No pedí que lo quitaran. Esta sala la barro yo, pero no la corrijo.

Sigue una ventana de visión, con el marco carcomido de violeta que esta ciudad reserva a los recuerdos de los objetos. Reynaud con el talismán de calaveritas entre las palmas, los ojos cerrados; y lo último que el objeto vio, enorme sobre el vidrio: una uña larga y roja, de mujer, grabando en la carne del pecho de un hombre muerto el signo de Baphomet, entre demonios destruidos. Una prisión de almas vacía y una uña que firma. Reconozco esa uña, señores. Toda mujer que haya vivido cerca de la usura del infierno la reconoce: es la firma de la que cobra. La crónica volverá a ella, y cuando vuelva, la uña tendrá nombre, altar y hija. Paciencia. En esta ciudad la paciencia no es virtud: es el material de las paredes.

La entrada al laberinto era una grieta en la comisura de los labios de la cabeza, abierta a fuerza de minería, con astillas de marfil clavadas como parapeto de lanzas mirando hacia adentro — hacia adentro, entiendan: lo que se temía no era lo que pudiera entrar. Escriban esa frase de Lirio en un papel y mírenla un rato, como él pide: entramos a un dios muerto por la boca. La ventana muestra la formación de marcha en el corredor de garganta —Alexio adelante con la espada encendida, Ärsvan cerrando—, las brumas violáceas y blancas, y unas manos anudando mi hilo dorado a un espolón de mármol en la entrada. Mi hilo, atado a la boca de un dios muerto. Cuando digo que no entré del lado de los justos, digo esto: los justos entraron sostenidos de un hilo mío, y el hilo era de mi padre, y mi padre no prestaba nada sin interés.

Del laberinto mismo, la sala guarda cuatro ventanas de guardianes, y las paso rápido porque la carnicería, como dice el testimonio, aburre. La primera: el pozo de huesos carbonizados todavía tibios, los garabatos en idioma bastardo de gigante sobre el marfil tiznado, y el ogro cargando entre la bruma al grito de «¡comida!», con Lirio hundiéndole el mandoble al levantarse. En el rincón, el cubil: monedas sucias usadas de almohada, hebillas de cruzados, media silla de un caballo devorado. Los monstruos de este laberinto no acumulaban tesoro: acumulaban restos. La diferencia la entiende cualquier viuda.

La segunda es la cámara del huevo, y pido silencio al que la mire. El pedestal de escalinatas entre llamas violáceas; la serpiente roja gigante enroscada; la lengua bífida a un dedo del oído de Ärsvan, llamándolo elegido en la lengua del pozo más profundo. El combate — el escudo espejado devolviéndole a la serpiente su propia hambre, la guadaña y la espada blanca cayendo juntas. Y abajo, en el rincón del vidrio, los jeroglíficos del pedestal con un nombre violentamente borrado, y el huevo dando un único pálpito azul. Deténganse ahí. Es la primera gota de azul en todo el edificio. Desde donde escribo, ese azul es el color del cielo: el huevo que Lirio quiso abrir a sablazos —él mismo lo confiesa, «de puro bruto»— custodia hoy el linaje de un rey, y el pilar que según la piedra caía fuera del mundo, el pilar del tiempo, es exactamente el suelo que pisan los que leen esta crónica. Uno aprende a no patear los huevos. Se aprende tarde, como todo.

La tercera: los barrotes semi-invisibles cerrándose, visibles solo donde la bruma se engancha, y el león gigante de aliento a cristiano comido condenándoles el alma en latín macarrónico — «vuestra alma es nuestra» —, rodeado y rodeando a la vez, que era la especialidad de la casa. Al abrirse su jaula, las cautivas: mujeres hambrientas con vellocinos de cabra atados a la espalda, parte del sacrificio que se arrojaba al laberinto. La ventana las muestra apenas alumbradas, apoyadas en el marfil, y es de las que más preguntas provoca a los visitantes. Contesto siempre lo mismo: sí, eran del tributo de mi padre. Sí, sabía. No, no hice nada, entonces. Esta crónica no está escrita para absolverme.

La cuarta es la del cíclope, y tiene el primer gesto de los que después llamamos la magia dual: Ärsvan con un ojo vuelto rojo, tensando un látigo de energía oscura que encadena al gigante arrodillado, robándole la fuerza — el verdugo y el gigante atado, dice el tallador, y no hay manera más justa de decirlo. Del otro lado, Reynaud consagra el mandoble del labrador: «que tu alma sea certera contra criaturas de historias paganas», y el hierro de la abuela mozárabe se vuelve por un rato un arma de leyenda, y Lirio atraviesa al cíclope y dice en voz alta que es la primera vez en la historia que se siente tan conectado con Dios. No se avergüenza, escribe, y hace bien. El que nunca sintió a Dios en el brazo no sabe lo que se pierde — ni lo que después cuesta perderlo. Esa cuenta también la tiene esta ciudad, en otra sala, con otra luz.

La última ventana de la sala es la más dura: el tabique reventando y el dinosaurio acorazado en estampida; Lirio ensartado por el cuerno, tendido, escupiendo sangre — la primera de sus muertes a medias, que con los años fueron colección —; la bomba de fuego griego de Michel reventando el ojo de la bestia; Ärsvan decapitándola en dos golpes que el vidrio muestra como un solo borrón. Y entonces, el detalle por el que esta ventana existe: la sangre del monstruo inundando el marfil, y la mancha oscura revelando, al extenderse, las junturas de una puerta oculta. En esta historia hasta la sangre derramada señala puertas. Del otro lado se oía una risa. Los talladores no pueden tallar una risa, pero dejaron a la compañía mirando la puerta con las curaciones a medio vendar, y les juro que el vidrio se ríe. La sala termina ahí, en ese respiro. La próxima empieza con lo que había detrás.

III. La sala del sello
La tercera sala es la más silenciosa del ala vieja, y no por falta de estruendos — hay en ella un minotauro alado, un esqueleto de sangre y dos hombres que no eran quienes decían ser. Es silenciosa porque toda ella conduce a una puerta que se abrió antes de tiempo, y las puertas abiertas antes de tiempo dejan en el aire, para siempre, la forma del silencio que debió haberlas guardado. En la fuente de estas ventanas faltaban seis días para la Pascua. Lirio votó esperar. Duró una noche. Lo demás es la historia de esa noche.
La primera ventana muestra el fin de la bruma: los guardianes muertos, el silencio nuevo, un goteo lejano como de cueva, y los seis subiendo cuatro escalones amplios hacia las puertas dobles de marfil de seis metros. El tallador les dio a esas puertas casi todo el vidrio, y era lo justo: el pentagrama, los relieves de gusanos y serpientes, y en un hebreo casi adámico, la inscripción — abrir el día de la resurrección. El sello brilla apenas dorado, y ese apenas es el más elocuente del edificio: el oro de la usura sabe esperar quieto siglos enteros, como los pagarés en el fondo de un arcón. Ante esta ventana los visitantes bajan la voz sin que nadie se lo pida. La piedra les avisa lo que la crónica confirma: lo que está detrás no está muerto. Sueña.

Después, tres retratos: el hombre que salió de la sombra de un arco con un cuchillo suelto en la mano y dijo «yo me pregunto lo mismo que ustedes». Azo, tesorero de la reina de Saba, converso temprano de manos del apóstol Felipe — hacía más de mil años, y él lo sabía y no lo sabía, que es la manera más triste de saber algo. El vidrio le da unos ojos rojos que atrapan la antorcha y una cruz de marfil alzada con una cortesía que no cierra del todo. Y a la derecha, enorme, el pomo de su daga: un rubí del tamaño de mi cabeza, con dos brasas adentro que miran. Miran, señores. He visto a caminantes retroceder un paso. Adentro de esa piedra había alguien, y la crónica les pide recordar dos cosas de esta ventana: que el prisionero de un rubí también puede ser el carcelero de un cuerpo, y que la limosna de zumo de la primera sala y la cortesía de esta salieron de la misma escuela.

La ventana del nigredo es para los pacientes. Reynaud recorre los relieves con las yemas, como quien lee a los ciegos: signos astrológicos, la mónada, el que se come la cola. En el recuadro de visión — la sangre de Cristo y una piedra cayendo del cielo con su cola de fuego; en el otro, Michel alzando hacia las puertas una redoma de materia ennegrecida. Lo que está del otro lado atraviesa el nigredo, la corrupción y muerte de la Gran Obra, la etapa negra antes de la resurrección, y espera su catalizador. «No está muerto lo que sueña», se dijeron más de una vez esa noche, sin saber que citaban de memoria un libro que no se había escrito. Ninguna frase de la crónica costó más cara. La ciudad la tiene grabada en el dintel de esta sala, del lado de adentro, para que se lea al salir.

La noche de la guardia ocupa dos ventanas. En la primera: Ärsvan velando, y a su espalda su espíritu compañero — el minotauro fantasmal de cornamenta antigua, translúcido y violeta, del que la crónica dirá más cuando toque decirlo. Contra la piedra, sentado como un malevo en su esquina, un desconocido fuma un cigarro dulzón; se quita un gorro de plumas azules, lo deja caer — y ya no está. Segunda gota de azul del edificio, y va como aviso: cuando el aparato del tiempo quiere mirar algo de cerca, manda primero a alguien que fume despacio. Y en el mismo instante, del otro lado del vidrio, el horror: el demonio desollado, carne viva goteando, cara de calavera, la gran lanza alzada sobre los durmientes. De no haber sido detectado los habría degollado dormidos. Lo detectó el minotauro muerto. En esta historia, a los vivos los salvan los muertos con una regularidad que debería avergonzar a los vivos.

La segunda ventana de esa noche está partida en tres franjas horizontales, como un retablo de agua, y es de las más extrañas del ala. Arriba, el campamento despertando en armas: el aura blanca encendiéndose, Reynaud apretando su figurilla de santo contra el mandoble de Lirio. Al medio, la franja que le da nombre: la esfera de agua salada conjurada por el propio Azo, envolviendo al demonio desollado — la criatura presa dentro del agua, las llamas apagadas, y el anillo de templarios alrededor de la burbuja, esperando con los golpes preparados. «Que el agua lo bendiga», dijo el etíope de ojos rojos, y Lirio confiesa que respondió amén. Abajo, el estallido: el ser zafando hacia una tormenta de hierro que lo deshace en nada. Era un ser llamado, conjurado desde otra parte. Lo que hay tras el sello, sentenció Azo, es un imán del mal. Sabía de imanes, el tesorero. Ya llegamos a por qué.

La ventana del rezo fingido es la favorita de los lectores de esta biblioteca, y la entiendo. Reynaud arrodillado sobre su extracto del sueño de Nabucodonosor, los ojos casi cerrados, los demás mirándolo con un respeto que —él mismo lo confesó— no merecía: no consultaba nada; mentía con la palabra sagrada en la boca, y mentía magistralmente. El vidrio muestra el instante en que la mentira ganó la partida: la cara del húngaro quebrándose alerta, los hilos dorados finísimos que salen del rubí hacia su silueta, la daga pateada lejos por Alexio, y Azo acorralado leyendo los Hechos con las manos temblando — hasta desvanecerse entre las brumas y un vapor verdoso, dejando la daga en el suelo. Hay alguien adentro de esa daga tratando de poseernos, dijo Reynaud. La crónica anota lo que Lirio tardó siglos en perdonarse no haber visto: hay hombres que sirven a Dios por el camino de la trampa, y esa noche la trampa rezó mejor que todos los devotos juntos.

Y entonces, la puerta. La ventana la muestra en cuatro tiempos, y el primero me toca: Michel caminando con los ojos idos, compelida, tirando de mi hilo dorado tenso hacia las puertas de marfil, y nadie que llegue a tiempo. Un susurro le indicó qué hacer y la compulsión pudo más. Nunca supe si el susurro usó mi hilo o solo su color; las dos cosas me duelen igual, y la que eligió dársela a la más pura fui yo. El sello de Salomón se rompió antes del día de la resurrección. «Sacrilegio», dijo Alexio, y se hizo la cruz — el vidrio lo guarda con la mano a medio subir. Adentro: cuatro niveles de escalinatas en la penumbra, un cuenco de sangre al ras del suelo, una estatua de gárgola con un gran madero clavado en el lomo. Y levantándose entre las escaleras, desplegando alas de murciélago con la alegría de quien por fin ve llegar visitas, el minotauro alado que respondía, con tono infernal, al nombre de Asterión. Mi hermano, dirán los que sepan la vieja historia. La vieja historia miente lo justo: en el laberinto de mi padre nunca hubo un solo minotauro. Hubo una administración.

La batalla llena la ventana siguiente, y es una batalla de gestos más que de golpes. Reynaud plantado ante Michelle hechizada, apoyándole en la frente una moneda de plata gastada — una de las treinta del traidor — y diciéndole: «Recuerda el camino de los traidores, y dónde quedan en el infierno.» El terror pudo más que el susurro, y ella huyó a las brumas, y Lirio escribe que ese fue el conjuro más terrible de la campaña y que lo hizo un hombre sin magia de dioses: le mostró a una muchacha el precio exacto de la traición, y la salvó con eso. Alrededor, lo demás: Lirio cornado escaleras abajo con una gárgola menor desprendiéndose de las jambas sobre él; los dos gigantes — Ärsvan agrandado a talla de titán, guadaña contra minotauro, y Asterión riéndose entre los golpes: «Estuve en el séptimo círculo» —; y al fin el mandoble consagrado hundiéndose en el pecho del monstruo, con un destello rojo que el vidrio exagera, mientras una lluvia dorada y mansa de gracia cae sobre los caídos. «Casi veo a Dios, muchachos», dijo Alexio levantándolos. La ventana arde demasiado en ese filo, me dicen los visitantes. Déjenla arder. Hay espadas que solo fueron santas una noche, y el vidrio tiene derecho a acordarse.

La última ventana de la sala tiene cinco tiempos y un agujero, y con ella se cierra la primera parte del edificio viejo. Reynaud en el pedestal arranca el madero del lomo de la estatua — la vena de sangre oxidada saltando, los omóplatos de piedra crujiendo: la gárgola enorme despierta. El viejo Q de pie, firme como nunca lo habían visto, un libro azul bajo el brazo izquierdo — el vidrio lo muestra apenas azul, casi tímido, y háganle caso al casi: ese libro va a terminar siendo el cielo —, marchando hacia la puerta: «Cosecharé otra cabeza.» Azo recibiendo el espadazo que le desvanece la piel negra: era el flamenco. El muerto de las cubas, el segundo muerto que no estaba muerto, proclamándose maestre — «denme ya el hilo y la reliquia» — mientras a su espalda un esqueleto de sangre coagulada baila con el esqueleto alzado de Asterión la danza de los muertos. El cuarto tiempo es el agujero: el golpe que lo atraviesa y la contingencia que se lo lleva con un grito — y ahí el vidrio se deshace en gesso y carbón, porque quién asestó el golpe y qué invocó el flamenco al desvanecerse, la fuente no lo guarda, y esta ciudad no inventa. Y el quinto tiempo es el amanecer: la compañía maltrecha bajando al valle con el madero y la daga envuelta, siguiendo al viejo que recoge mi hilo dorado vuelta a vuelta, y detrás, por fin en silencio, la cabeza del dios muerto. Salieron distintos de como entraron: el sello roto antes de tiempo, algo soñando en el nigredo, y el flamenco vivo diciéndose maestre. La sala siguiente huele a jardín. No se confíen.

IV. La sala del juicio
La cuarta sala empieza en un jardín y termina en un amanecer con cuatro hombres que no se miran. Entre una cosa y la otra hay una muerte elegida, una resurrección en carne ajena, seis banqueros del infierno y un duelo entre el maestre y el mejor de sus hijos. Los caminantes suelen preguntarme por qué la ciudad llamó a esta sala «del juicio» y no «de la muerte de Alexio», que es su ventana más honda. Contesto que los talladores saben lo que hacen: aquí todo el mundo juzga a todo el mundo — el cielo al libro, el rey a la orden, el maestre a Ärsvan, los hermanos entre sí — y la única que no juzga a nadie es la ventana del que muere. Aprendan de ella.
El jardín, primero. Después de la Pascua hubo un tiempo bueno, escribe Lirio, y quiero contarlo porque fue el único. La ventana lo guarda con una luz de primavera seca que no vuelve a verse en todo el edificio: Payns presidiendo la mesa chica de piedra, mesándose la barba entre el incienso — «Alfa y Omega: empezamos y terminamos las cosas» —, la compañía sentada junto al aljibe, O'Ryan readmitido, y en el ángulo el pequeño Josefo, el niño artesano, ofreciéndose de escudero a Ärsvan, que le aprieta monedas en las manos como a un colega, no como a un siervo. Los visitantes pasan rápido esta ventana porque no pasa nada. Yo los detengo cuando puedo: miren cuánta gente viva, les digo. Cuenten. En esta sala no vuelve a haber tantos.

Sigue el concilio de las reliquias, con la mesa iluminada a vela: la astilla de la Veracruz — la reliquia de la casa de Lirio, entiendan lo que fue para él verla a un palmo de su mano de labrador —, el libro doble sellado con su broche de pentáculo y su tenue lustre azul, y el huevo en su arcón abierto. «Es casi demasiado bueno. ¿Por qué les dejaron recuperar todo esto?» La pregunta del maestre quedó sin respuesta esa tarde, y la crónica la deja abierta, porque es la pregunta correcta y las preguntas correctas no se cierran: se heredan. En el centro del vidrio, Ärsvan confiesa ante sus hermanos, con la cabeza alta, y en el recuadro pequeño del recuerdo hay una tienda blanca iluminada entre velos, del tamaño de una uña. Es la segunda vez que aparezco en el edificio, y aparezco como advertencia: fue seducido por un demonio o por un mago, dijo el maestre, «que es peor». Ocho siglos me llevó decidir cuál de las dos cosas era yo. La respuesta no la escribo todavía; digo solamente que el maestre no acertó, y que se le puede perdonar: yo tampoco habría acertado.

El regreso a Jerusalorium ocupa una ventana de camino: la caravana entre olivos y canales de riego en la primavera reseca, y al costado, en silueta contra el cielo, las horcas con los que quebraron la paz de Dios — de un bando y del otro, que la justicia de aquel reino, si algo tuvo, fue simetría. Después los muros con las cúpulas coronadas de cruces donde hubo medialunas, y adentro, el patio, la biblioteca, la capilla del altar de una sola roca — y las manchas de fuego del primer ataque todavía en las losas, quince días después. Los talladores insistieron en esas manchas, y bien: esta crónica es, entre otras cosas, un inventario de manchas que no salieron.

La ventana de la biblioteca es la más rara de la sala, y la más querida por los estudiosos que me visitan. Arriba, el infernum enjaulado de los libros prohibidos y el libro doble en el atril, con el pergamino suelto extraído del lomo. Al centro, la miniatura del sapo: la bestezuela rojiza que bebe el zumo de las uvas hasta reventar, y se torna dorada, y roja, y al fin negra como el carbón — el libro de las doce puertas, las de las casas del zodíaco, abriéndose paso en la crónica con modales de bestiario. En el recuadro verde, el alquimista de ropas árabes estudiando en un lugar que no es un lugar, con dos pajes oscuros y, alrededor, pajarracos desgarbados de plumas azules armados con arcos: criaturas del tiempo, dijeron los sabios. Tercera gota de azul, y ya no aisladas: el aparato del tiempo empezaba a volar en bandada. Y abajo, para que nadie salga de esta ventana sin sonreír una vez, el gato homúnculo despeluchado asomando del cofrecito a lamer una mano. La ciudad le tiene cariño. Yo también. Era, de todo lo que había en esa biblioteca, lo único que no mentía.

Otra vez las tres de la mañana. La ventana del ladrón está tallada bajo una luna roja y menguante: el tesoro revuelto y el viejo maestre Q clavado contra el suelo, sangrando; el rastro de sangre subiendo la escalera; y en la biblioteca, ante la ventana abierta, la figura del casco extraño que sudaba viscosidad, una espada en cada mano, sonriendo. «¿Estás seguro de esto?», respondió la criatura en abisal cuando la conminaron — la crónica guarda la pregunta porque después aprendimos que era sincera: en esta historia hasta los demonios preguntan si uno está seguro. La carga, las alas negras brotando de la espalda, O'Ryan abollándole el torso con la cruz-maza. Y el último recuadro, quieto: Alexio tendido en su charco oscuro, la femoral abierta, dos cortes cruzados en el pecho, y los hermanos gritando algo que el vidrio, piadoso, no deja oír.

La persecución llena la ventana grande que sigue: dos figuras aladas sobre los tejados de Jerusalorium a la luz de la luna, junto a la roca santa, y la caída del ladrón entre las alcantarillas, al pantano del río escondido. Y entonces, el agujero más famoso del edificio: el ser vencido, de rodillas en el barro, levanta la mano y pronuncia un nombre — y la boca, y el espacio del nombre, son gesso crudo con carbón, sin pintar. El nombre jamás sonó donde la fuente pudiera oírlo: viajó por un canal que no era la voz, de un modo que la crónica no sabe escribir. Los talladores no olvidaron: obedecieron. Ante esta boca de yeso se han parado teólogos y espías, y todos se van iguales: más callados. «Gracias por la información», dijo el perseguidor, y el golpe por la espalda cerró la cuenta. La ventana muestra al monstruo cayendo como un gladiador hendido. Lo que muestra de más — el modo en que el perseguidor mira la boca del caído — no lo comento. Cada cual con su vidrio.

Y aquí, la ventana honda. Alexio desangrándose entre los libros caídos eligió no aferrarse: tenía con qué — medios heroicos, dicen los testimonios — y se dejó ir, sereno, con los ojos abiertos y la mano soltando la espada, el aura blanca apagándose por el filo como una vela que alguien cubre. «Lo hizo Cristo también.» Payns llegó corriendo con el hálito de vida, un paso tarde, y el vidrio lo guarda a mitad de zancada, con el frasquito inútil en la mano, y esa media zancada es lo más parecido a un grito que hay en toda la sala. Después el entierro: la discusión de los ritos en susurros, y el viejo Q plantando claveles alrededor de la tumba, de noche, con un rito que olía a Oriente. La última escena es la tumba sola bajo la luna. Miren la ventana el tiempo que aguanten. En una ciudad construida precisamente para que nada se pierda, esta es la única ventana que muestra una pérdida limpia, elegida, sin pleito. Los albañiles del tiempo no la tocan. Dicen que ya está terminada desde antes de tallarla.

Sigue el despertar, y bendito sea el tallador que le dio a esta ventana el humor que pide. La carpa de pieles de buey con olor a camello; el guerrero torco corpulento despertando entre besos de una mujer esteparia y niños sucios; las manos nuevas, peludas y más fuertes, miradas con asombro de recién nacido; el hombre arrodillándose a tocar la tierra y mirar el cielo como por primera vez — y rezando. Alexio volvió, pero no en su cuerpo. La ventana lo sigue: a caballo de un camello, con un hacha grande, hacia los muros — «¿A dónde vas, Rey Sucio?», le gritaban los suyos —; engrillado después en la torre, recitando salmos en ayuno con cara de orco; y en el último recuadro, el hocico de Huawefe metido entre los barrotes, los ojos enormes. El único que lo reconoció fue el caballo. Como el perro de Odiseo, escribe Lirio, que aprendió la historia tarde y la cita con orgullo de converso: el vínculo ve a través de las facetas de los cuerpos. Un caballo entendió antes que todos que el alma no es la cara. A esta ciudad, que existe porque unos pocos terminaron por entenderlo, la ventana del caballo le importa más que muchas catedrales.

La ventana más dorada de la sala — y del ala entera — es la de los banqueros. La acrópolis de Tiro a la luna: seis gigantes filisteos de túnicas blancas emergiendo de seis arcos como menhires, las escoltas de cimitarras, la mesa hexagonal de cristales sembrada de contratos que brillan con el oro de la usura. El detalle que el vidrio agranda: las manos de un gigante gesticulando — los dedos que no dan nunca el número correcto, cuéntenlos, el vidrio los deja contar y la cuenta no cierra jamás, y esa es exactamente la sensación de tratar con ellos. Arriba, la ilusión del protocolo supremo: siete bóvedas replicantes, ocho portales en rosa de los vientos, los mastodontes que eran bóvedas con piernas. «No somos una casa de empeños; jamás rompemos un contrato.» Ciento cincuenta mil al año por bóveda, cifras de reino, pagaderas a mes vencido. Escúchenme esto, que lo aprendí en la casa de mi padre y lo confirmé en ochocientos años de biblioteca: los demonios de este mundo no compran almas. Las financian. La diferencia es toda la teología que hace falta.

Sigue el emisario de fuego: la llama encendiéndose sobre el pilar roto hasta ser un ángel de tablillas, sin boca, con la espada ardiendo; el libro doble depositado en el suelo, custodiado de cerca; y el rayo de luz prístina cayendo del cielo — el vidrio se vuelve ahí casi blanco, con el corazón azul — para partir el libro, no en pedazos: en los dos libros que siempre fue, las páginas aleteando como palomas asustadas. En el último recuadro, la página final de uno de los tomos, cortada y cauterizada a mitad de renglón, donde alcanzó a leerse notas de Kronamon. Es la primera vez que ese nombre pasa por la crónica, y pasa como pasó por ellos: ardiendo, censurado por el cielo. «Tengamos cuidado: también Lucifer supo brillar hasta el último momento», dijo Alexio mirando al ángel. El niño cuyo nombre el cielo cerró con fuego es hoy el señor de esta ciudad, y yo soy la bibliotecaria de su casa, y escribo esta ventana con la mano firme y el corazón no tanto. Todo llega. En esta ciudad, literalmente: todo llega.

La sala se cierra con el cisma, en cinco tiempos. El ave plateada trayendo la orden del rey — la astilla de la Veracruz para la guerra del norte — y Ärsvan de brazos cruzados: «No es mi rey. Antes que a nadie voy a pertenecer a Dios.» Las placas negras creciendo sobre él de la nada, con sus costuras violáceas, hasta blindarlo entero — una armadura que no pidió y aceptó, y sobre la cual esta cronista se reserva, por ahora, el derecho de no llorar. El duelo grande en el centro del vidrio: el maestre canoso y terrible contra el ser alado de la tiniebla en un ojo, las hojas trabadas, el viento del amanecer. «Lamento esto, pero ya no eres más templario.» Reynaud caminando sobre el aire — literalmente, como Cristo sobre las aguas, el rezador de mentira — para recoger la astilla del suelo: «Yo le doy la astilla, si él la quiere.» Y el quinto tiempo: el amanecer en las ruinas, cuatro compañeros separados por metros que parecen leguas, sin mirarse, el mar detrás. «Que un mal día no nos separe como grupo: no saben lo que nos costó el Laberinto.» Lo sabían todos. Por eso dolía. La ventana no tiene ningún acento de color, salvo el punto rojo de la astilla en la mano del maestre que se va. Un solo punto rojo en todo ese gris, yéndose. Así se ve, desde una ciudad fuera del tiempo, el momento exacto en que una orden se rompe.

V. La sala del oráculo
La quinta sala es una isla. Tiro, la antiquísima, la que Alejandro ancló al continente, dio a la compañía rota tres cosas: un oráculo, una tentación y una vergüenza — la cuenta es de Lirio y es exacta. La sala huele a sal y a manzana, y termina en un castillo blanco que era negro. Cuando la caminen, fíjense en esto: es la única sala del ala vieja donde los enemigos casi no atacan. Ofrecen. Frutas, oráculos, contratos, descanso. La ciudad la construyó así para enseñar lo que la Orden aprendió esa semana a fuerza de casi perderse: que al que viene de una derrota no lo tumban con lanzas. Lo tumban con ofertas.
La primera ventana es de sal y de silencio: las olas rompiendo como cascadas contra el puente de piedra roto, las ruinas extrañamente calladas bajo la noche. El viejo Q sentado en una roca al borde del mar, respirando al compás de las olas — velas color limón pasando a lo lejos —, y Lirio de pie a su lado, sin hablar. Del otro lado, Ärsvan secándose el sudor y la sangre de la frente con el guante de hierro, la guadaña a la espalda, la armadura negra bebiéndose la poca luz. El testimonio anota que en todo el duelo estuvo más preocupado por que la Veracruz no se fuera que por lastimar a nadie. Yo anoto otra cosa, de mujer que lo conoció después: así descansa un hombre que acaba de perderlo todo menos la razón por la que lo perdió. Guarden esa figura. Es la más parecida a la esperanza que tiene esta sala.

La segunda ventana es un retrato doble al amanecer: el viejo contando con los dedos las cinco preguntas — quién, qué, cuándo, de qué modo, con qué medios — ante el mar, y los cuatro escuchándolo con las caras cansadas entre la bruma que sube. «Elegir es, ni más ni menos, jerarquizar.» Habló también de la maldición del primer año, la que deja a toda orden buena y honesta, y luego la mancha. Los caminantes me preguntan por qué la ciudad le dio una ventana entera a un viejo contando con los dedos. Porque esta ciudad existe, contesto. Las catedrales se fundan sobre reliquias; las órdenes que duran, sobre viejos que hacen las cinco preguntas a tiempo.

Después, el oráculo. La cascada de agua dulce entre las ruinas, el vapor, y en el vapor la figura satiresca con el arpa callada, la ninfa a su lado mirando a los caballeros con curiosidad de animal manso. El sátiro se tapa la cara con una mano y recita — Isaías, sobre Tiro, en latín macarrónico: «Ululad, naves de Tarsis, porque ha sido destruida vuestra fortaleza… ¿Quién planeó esto contra Tiro, la coronada, cuyos comerciantes son príncipes?» Cobraba en manzanas, como corresponde a un profeta de jardín. La ventana lo muestra señalando tierra adentro, hacia el corazón de la isla, donde el vidrio insinúa un árbol tras los pilares blancos. Peregrinos de todos los credos han pasado por esta sala, y ante esta ventana todos hacen la misma mueca: la de reconocer el género. Un oráculo que cobra barato. Nada en esta crónica salió tan caro.

El jardín del único árbol tiene su propia ventana, y es de las que enferman dulcemente la vista: la ciudad muerta enrareciéndose, pétalos de cerezo donde no hay cerezos, colores flotando, y sobre el aire la sobreimpresión de un mándala cuyas insignias componen un león. Ante el árbol de los diez frutos dorados — la corona en la cima — la figura encapuchada que se hacía llamar Paradiso. Y el gesto que da nombre a la ventana: un cuchillito de plata girando en el aire, y el fruto más alto, el fruto-corona, cayendo a los pies de los caballeros. «Yo nunca quise las coronas.» Diez manzanas de oro, del oro exacto de los contratos. La ciudad pinta el saber con el color de la usura cuando el saber se ofrece demasiado fácil, y esta ventana es la lección: también el conocimiento se presta a interés. Pregúntenle al que muerda.

Mordió el sátiro, no ellos — en el nombre de Dios, además, que es la manera más templaria de arrojar una manzana. La ventana del canto es la más cargada de la sala: el debate teológico al pie del árbol, Lirio y los dos árboles del Edén; la fruta volando; y el gran recuadro central, enmarcado como visión, donde el oráculo cantó la historia del Gran Maestre: un caballero depositado de lejos, criado por una familia de Francia, una mujer con los siglos a cuestas a su lado, y las dos manos del mismo hombre fundando dos órdenes a la vez — una de mantos blancos con cruces rojas, otra de máscaras de marfil enfermo. «¿Por qué no ven si el castillo blanco no es negro?» Y de Ärsvan dijo que sabía hacer algo llamado magia dual, y que había que cuidarlo del resbalón, porque las planchas de marfil del único que logró engañar al más pérfido ser diabólico son muy resbalosas. Abajo, el arpa rota sobre las piedras, y los compañeros callados alrededor, pesando lo escuchado. Los oráculos de esta crónica tienen esa cortesía: rompen el instrumento después de tocar, para que nadie les pida repetición.

La tentación ocupa la ventana siguiente, y Lirio pidió que se contara derecho, así que derecho la cuento. El árbol ya no estaba donde estaba: su sombra sobre los caballeros, nadie lo vio moverse. Doncellas entre las ramas, una voz que ofrecía descanso, hijos, una horda de guerreros sabios. Y el primero en caer fue el que nunca: Lirio, el de los sermones de fogata, desabrochándose la armadura con los ojos idos. Lo salvó el viejo Q, agarrándolo del brazo con la sonrisa de quien ya pasó por esa: «Compañero, recuerda: tú lo dijiste, la lujuria es el camino por el que entra el demonio. Vamos a confesarnos. Ven.» Ärsvan sopló el cuerno de Jericó — el vidrio muestra el cono de sonido, las doncellas tapándose los oídos, las ramas quebrándose — y del destrozo se guardó una rama dorada, porque el hombre que sería mi esposo fue siempre de guardarse las cosas doradas, y una vez más el tiempo le dio la razón. «Pensé que me había librado de estos tiranos», lloró el viejo de rodillas: el precio de irse del paraíso fue una reliquia. Y Lirio se guardó la vergüenza, que era lo que él se guardaba, y no volvió a sermonear a nadie por caer. «El que no cayó nunca es porque no le apuntaron a él.» Está en su testimonio, con su letra. Yo lo copio con la mía, que apunten a quien apunten, las dos letras dicen lo mismo.

La ventana del Nubio es oscura hasta para esta sala. Aparecido de la nada con la bruma aléfica rodando delante — «¡Fuera de aquí, árbol de las panteras!», y el jardín entero perdiendo plano, retirándose como un decorado —, la palma abierta en un reclamo sin adornos: «Me parece que vos sabés cuál es el precio: denme lo que me quitaron.» El vidrio agranda sus ojos, y Reynaud tenía razón: era una mirada del abismo. Después, la disipación del viejo Q deshaciendo la imagen del negro como una ilusión rasgada — y debajo, agazapada entre los arbustos, la transparencia del invisible —, y el rollo del Mar Muerto abierto, el polvo brillante lloviendo sobre el que huía: «¡Estás marcado! ¡Todos te pueden ver! ¡No seas cobarde!» La crónica anota lo que Lirio anota: que esta historia termina, muchas salas más adelante, con ese mismo ser entregando su mitad del libro con melancolía, diciendo que fue el último momento en que estuvo feliz. Nada de lo que se mató en ochocientos años era solamente lo que parecía. La ciudad talló esta ventana oscura a propósito, para que el visitante no vea bien. Ver mal, aquí, es el comienzo de la piedad.

Sigue una ventana de caminos que se separan: la despedida en la costa — el viejo hacia Jerusalorium, a hacer política, que era su otra guadaña; los cuatro hacia el norte con el libro censurado en la alforja, «cuídenlo mucho: ya saben que está siendo acechado» —; el torrente medio seco con cuervos donde debía haber gaviotas; la ciudadela con cicatrices, empalizadas pobres, viudas con hambre, guardias del norte sin señor. Y desde la puerta de la taberna, lejos, perchado en el promontorio, el castillo blanco. «Ese lugar se cerró a cal y canto. Nadie entra y nadie sale. No es bueno acercarse ahí.» El vidrio lo pinta pequeño y enfermo, de ese marfil que ya conocen. «Lo abandonado puede estar habitado, y lo habitado, abandonado», había enseñado el viejo. Sobre esa frase está construido, entre otras cosas, este edificio.

La ventana de los jinetes sin cuerpo es la elegía de la sala. El atardecer de sombras largas ante el castillo; tres figuras acorazadas quietas, mirando, los pies que no siempre tocan el suelo, la estela violácea donde roza la placa. Armaduras llenas de nada: cruzados del año del campo de la sangre, muertos sin sepultura en tierra santificada, condenados a hacer la guardia de su propia ausencia. La carga de Alexio con la lanza consagrada apagando los ojos de un yelmo — armadura, escudo y espada desarmándose en el suelo con un ruido que el vidrio deja imaginar —; Lirio partiendo correas a paso parsimonioso, sin rabia, porque adentro no había carne que lastimar, solo vacío que soltar. Y el último recuadro, el que importa: manos enguantadas recogiendo de los despojos las crucecitas rojas del reino, juntándolas en un paño, para darles lo más parecido a una sepultura. En una crónica donde casi todos los enemigos son alguien disfrazado de otra cosa, estos no eran nadie. Y fue a los que trataron con más ternura. Piénsenlo cuando salgan de la sala. Yo lo pienso cada vez.

El santuario ocupa la anteúltima ventana. Las puertas de cedro petrificado cediendo; el portero joven, medio perdido dentro de un yelmo que le queda grande — «Tranquilos, hermanos templarios. ¿De parte de quién vienen?» «De parte de Hugo de Payns», y la conciencia de Lirio quedó limpia, que solo les miente a los malvados —; la filacteria de cabeza de cabra en el guante negro de Ärsvan como salvoconducto. Y adentro, la gran cámara de diez metros con antorchas rojas: la estatua sedente en loto con cara de cabra, brillando del oro que ya saben; seis caballeros con yelmos de marfil flanqueándola con lanzas; la sacerdotisa pelirroja del símbolo a medio tatuar, con su saurio verde al pie. En el último recuadro, el Toro del Mesías da el paso adelante, el mandoble bajo, la puerta sellándose a su espalda: «Venimos a decirte que tu trato con la orden quedó terminado.» Los visitantes que llegan hasta aquí ya saben leer la paleta: el oro del ídolo y el marfil de los yelmos, juntos, en una misma cámara. La usura y la corrupción blanca dándose la mano. La ventana entera es un contrato a punto de ejecutarse.

Y la ejecución cierra la sala: la batalla más dura que recordaran hasta entonces, en cinco tiempos que el vidrio apila como olas. Las lanzas entrando por los flancos, la sangre oscura en las losas; la blasfemia de la sacerdotisa secando a dos caballeros en plena zancada, y el saurio mordiendo el aire a un palmo de una cara paralizada, detenido por un círculo que no se ve. Ärsvan dejando caer el velo: la forma del minotauro furioso llameando alrededor de la armadura negra, abriendo corazas como hojalata — la magia dual a pleno, por primera vez sin esconderse. Reynaud alzando la moneda del traidor — «¡Templarios traidores! ¡Olvidaron su causa!» — y cayendo después bajo los lanzazos; Lirio desplomado, atravesado, muerto por un momento, y no exagera la crónica: lo contaron los que lo lloraron. Después, los dos actos de fe: la esfera de luz tibia del torco levantando a los caídos, y los ojos del toro abriéndose entre los que ya lo daban por vencido. Y el remate que la ciudad talló con una estrella roja diminuta ardiendo en lo alto del vidrio: la sacerdotisa ensartada y clavada contra la estatua de su propio dios, pintando de sangre a Baphomet.
Cierro la sala con las palabras del testimonio, que piden ser copiadas con cuidado: el primer altar que Lirio le manchó a Baphomet fue con la sangre de una sierva suya, y ochocientos años después la hija de esa casa le abriría el cráneo en la puerta de un osario, y un resto de casco maldito le salvaría la vida, y para entonces él pelearía del lado que Baphomet quería. «El Señor escribe derecho con renglones torcidos», escribe el paladín. «Baphomet también, y tiene mejor pulso.» La frase escandaliza a los piadosos que me visitan. A mí me consuela. En esta ciudad sabemos que los pulsos, al final, se comparan — y sabemos quién firmó mejor.

VI. La sala del toro y la serpiente
La sexta sala es una armería, y es la sala de las ironías. En ella la Orden rota del amanecer de Tiro se viste — pieza a pieza, con la mejor intención del mundo — con las ropas de sus enemigos: la armadura de los oscuros, el yelmo del toro, el cinturón de la serpiente, el castillo tomado con su servicio doméstico del infierno incluido. Escribe Lirio, que fue el más vestido de todos: «un hombre al que sus hermanos arman pieza a pieza está viviendo un sacramento aunque no lo sepa». Y también: «en esta campaña la ropa te elige a vos». Caminen esta sala despacio y con las manos quietas. Todo lo que cuelga de sus paredes eligió dueño alguna vez, y no ha perdido la costumbre.
La primera ventana es de horror doméstico, que es el género más subestimado del infierno. El santuario sembrado de caballeros caídos, el portero despertando sobre su propia miseria — y entrando por la puerta grande, con la naturalidad de un mayordomo, el viejito de la barba hasta la cintura, las botas de hierro y el gorro rojo desteñido, saludando a los vencedores como un conserje a los patrones nuevos. «Este templo está bajo nueva administración.» El detalle central del vidrio es su trapo rojo apretado contra las losas, bebiéndose una mancha oscura en una sola pasada; el detalle final, su bota descansando sobre un yelmo aplastado contra el piso, con los templarios retrocediendo. Un duende de la casa, de la estirpe de los gorros rojos: sirve a quien administre el lugar, sea quien sea. «Me consta que estas cosas, contadas, dan risa», escribe el paladín. «Estando ahí no daban.» La ciudad talló la ventana exactamente en ese filo.

Después, los cuatro retratos de los cambiados, a la antorcha. Los hermanos abrochando a Lirio la armadura plateada de los vencidos, con una cruz pintada en pigmento carmín oscuro sobre el pecho — sangre de demonio, dice el testimonio; el vidrio la muestra espesa y casi negra, como corresponde —, bajándole el yelmo con cabeza de toro, cerrándole al final el cinturón egipcio con forma de serpiente. Ärsvan de pie en su armadura negra de garras, como abrazado desde atrás por un demonio que no piensa soltarlo. El torco guardando escudo y espada con la calma de sus ojos encendidos, y Reynaud traduciendo un diario a la vela. Y en el cuarto vidrio, junto al hogar, el perro salchicha infernal: miradlo fijo y son varios perros a la vez, con una profundidad violeta detrás que no es de este mundo. Nadie reparó aún, dice el letrado, en lo que aquel emparejamiento — el toro y la serpiente — significaba. La cronista sí reparó. La cronista llevaba siglos esperando que alguien lo vistiera.

La ventana de la niebla que bebe sangre es la prueba de que en esta historia hasta los archivos muerden. La visión de la llave — la mano de mujer en la cerradura, los vapores como tentáculos acariciándole la muñeca —; el gabinete abierto y los vapores rojo-violáceos enroscándose en el cuello del que lee; el mihstu desplegado, niebla con ojos rojizos aferrando a cuatro caballeros a la vez, y Reynaud envuelto, palideciendo, apretando aun así la palma contra la hoja del mandoble para teñirla de carmín oscuro con lo que le quedaba — la bendición más cara de la campaña. Y el toro gigante haciendo jirones la niebla con esa espada pintada, entre taburetes rotos, bajo una llovizna fina de rocío carmín: la sangre robada, devuelta. Confió en sus hermanos mientras la criatura lo desangraba. La sala entera podría reducirse a esa frase, y la ciudad lo sabe: la talló en el ángulo del vidrio donde la mano toca el acero.

La ventana del Verdugo de dioses es la más estudiada del ala, y la más silenciosa. La mesa de roble con la bitácora, los mapas y los dos sellos de lacre — la cruz de cuatro grados, los dos jinetes en un solo caballo — brillando del oro que ya conocen. El inset del diario con su letra apretada alrededor del mapa del desfiladero. Y el gran vidrio central: la página iluminada del Ofitauro — el toro y la serpiente saliendo del mar primordial, unidos en la rueda-calendario del uróboros, coronados en lo alto, dibujados en tintas de marfil enfermo. No decía «dios Verdugo»: decía Verdugo de dioses. Los dioses no mueren — por algo son inmortales —, pero hay algo que los espera al final de los tiempos. El último tiempo del vidrio son los ojos de todos girando despacio hacia Lirio, que lleva puesto el toro… y la serpiente, y no lo sabe todavía. «No me la quité», confiesa el testimonio. «Porque abrigaba, porque paraba lanzas, y porque a esa altura yo ya empezaba a sospechar que la ropa te elige.» Anoten, cronistas del futuro: los emblemas del fin de los tiempos abrigaban. Así entra el destino en las casas: por la percha.

Sigue una ventana quieta, de confesionario. El torco arrodillándose a la altura de los ojos del portero quebrado — esa mole con manos como palas y una luz blanca en la mirada que no pertenece a un cuerpo así —, y el inset del testimonio: los encapuchados cambiando el rito ante el ídolo cabrío, la mujer velada traída al reducto, y la procesión de las visitas: un maestre de manto blanco, una figura pálida y descarnada, un viajero de botas finas, una silueta coronada. «Ellos dijeron que todos tenemos un ángel y un demonio», lloró el capellán. «Exactamente», le contestaron. «Y hay que elegir.» Es el catecismo más corto de esta crónica, y el único que suscribo entero. Yo tardé ochocientos años en elegir. El portero eligió esa noche, llorando en sus manos a la vela, y la ciudad le dio su ventana, porque esta ciudad honra a los que eligen tarde pero eligen.

Y entonces, la ventana azul. Deténganse. En cinco salas el azul cronal fue una gota — un pálpito en un huevo, unas plumas de gorro, unos pájaros de visión, un lomo de libro. Aquí, por primera vez, es un cielo. El Nubio en la puerta con su bola de cristal, cortés y equivocado a la vez; la zarza ardiente y el ángel llameante estrellándose contra la puerta que se cierra — al ángel, entiéndase, le cerraron la puerta en la cara: esta orden ya elegía sus modales —; el examen imposible del huésped que por un hombro se lee santo y por el otro demonio. Y el gran vidrio central: el Yunque del Tiempo — el lugar donde el tiempo es una arquitectura, capas traslúcidas de momentos forjándose como planchas azules en una herrería cósmica. Señores caminantes: eso que ven ahí es el plano de los cimientos de la ciudad desde la que escribo. El tiempo se vuelve espacio. Todo lo que pisan cuando me visitan fue forjado en ese taller azul. La última escena es una rueda de manos sellando un pacto, y yo, que desconfío de los pactos por oficio y por sangre, dejo constancia: este se cumplió.

La ventana del Gólgota es breve y gris, como el amanecer que muestra: la rueda de manos disolviéndose en un remolino de viento y polvo — así viajaba san Felipe, dicen los Hechos, y así viajaron ellos —; la colina pelada con su única cruz recortada contra el alba, la ciudad amurallada abajo; y los cuatro entrando por puertas distintas, encapuchados, como peregrinos cualesquiera, con tropas maniobrando a lo lejos y los mercados despertando. Reynaud recordó la vieja forma griega del oráculo callejero: taparse los oídos, preguntar, y destaparse de golpe para oír el rumor que todos susurran. El rumor decía guerra. En la ladera del vidrio hay una crucecita roja del reino, casi perdida en el gris. Es el único acento de la ventana, y basta.

La ventana de la esgrima verbal es la favorita de los diplomáticos que me visitan, y la más incómoda para esta cronista, que conoce el paño. Reynaud saludando a los templarios del patio con Migus escurriéndose tras él — el gato constructo sin pelaje cuya cara es, inquietantemente, la de su amo; los sabios de esta historia tienen espejos que los siguen —; la caminata por los pasillos de arabescos con el brazo del maestre cálido en el hombro; el primer plano del duelo: los ojos guardados del erudito, la compostura del maestre con su tinte de marfil apenas enfermo. «¿Usted fue el portador de la armadura negra?» «Hugo fue el portador de la armadura negra.» «¿Por qué habla en tercera persona?» «Nosotros cambiamos con el tiempo.» Y la despedida a contraluz en el arco de herradura, con la frase suelta cayendo como una moneda en un pozo: «Yo nunca llevé esa armadura.» El vidrio deja a Reynaud pequeñito en el pasillo, y hace bien: así se queda uno cuando el tablero se le da vuelta.

La anteúltima ventana tiene cinco tiempos y una franja roja. La catedral alta y blanca — un blanco que todavía brilla, anoten la diferencia: no el marfil de los seguidores del laberinto; esta crónica vive de esa distinción — con sus muros de fuerza resplandeciendo, y la figura de armadura negra dudando antes de cruzarlos. El patriarca Heirmano en la puerta, chiquito, imponente más allá de su tamaño, haciendo pasar a los compañeros mientras los paladines de la orden de captura se estrellan contra la hoja cerrada: derecho de asilo. Después, la elipsis: una puerta entornada en el pasillo de una posada, y nada más que un resplandor rojo derramándose por las tablas del piso. El testigo ya no está. «Hay puertas que esta crónica deja entornadas a propósito», escribió el paladín, y la ciudad obedeció: la franja roja de esa ventana es todo lo que jamás se mostrará de ese cuarto. El cuarto tiempo es el patriarca con las dos manos sobre la armadura negra tendida en la mesa, leyéndola como Reynaud lee los objetos, abriendo los ojos llenos de lágrimas: «Entonces Hugo de Payns debe ser apresado y depuesto. Me pesa en el alma decir que sí.» Y el quinto, las antorchas atándose en el patio nocturno mientras, lejos, un rey bendice el desfile de sus paladines. Dos ejércitos preparándose a la luz de fuegos distintos. La sala siguiente dirá cuál rezaba mejor.

La sala se cierra en marcha. La procesión nocturna subiendo al Monte Moria: el patriarca al frente como un cónsul con sus lictores — los clérigos, los diez paladines de vigilia con antorchas —, y los cuatro compañeros en la columna, cada uno cargando lo que esta sala les colgó: el toro, la serpiente, la armadura negra, la túnica del que reza de mentira, los ojos con luz. «Los ángeles están con nosotros. Yo haré elevar el juicio de Dios. Y si hay alguien corrupto, deberá pagarlo.» Arriba, en el segundo vidrio, el Temple los espera con todas las ventanas encendidas contra la noche — todas, a una hora en que ningún templo honesto está despierto. El capítulo podía llamarse la limpieza del Temple, dice el letrado, y quedaba por verse quién limpiaba a quién. La ventana termina ahí, en la subida, con la luz equivocada brillando arriba. Del otro lado del tabique, en la sala en obra, ya está colgada la campana. La oigo a veces, todavía sin badajo, sonar de memoria. Vuelvan pronto. Esa sala va a doler.

VII. La sala de la campana
Avisé al final de la sala anterior que esta iba a doler, y no fue amenaza de cronista: fue experiencia de vecina. Esta es la sala que oigo desde mi biblioteca las noches en que la ciudad sueña. Aquí la Orden vieja se juzga a sí misma y se ejecuta a sí misma; aquí muere el último gran maestre a manos de los que vinieron a impedir que fuera el último; aquí un rey santo de piel podrida pide que lo maten y es complacido. Y aquí, en el fondo de todo, se abre por primera vez la puerta del lugar donde el tiempo se fabrica — el umbral de mi ciudad. Todo edificio tiene una habitación que preferiría no tener y sin la cual no se sostendría. Es esta. Entren con las antorchas bajas.
La primera ventana muestra lo que encontraron al llegar: no una iglesia — un instrumento. La nave llena: cien paladines ensalmando las armas en canto gregoriano entre mares de velas, las celosías tapiadas con maderas petrificadas, los aromas espesos. En el crucero, baja, con los andamios todavía puestos, la campana recién colgada — sin badajo. Al fondo, la segunda cúpula cubierta de paños negros tras un cordón rojo, custodiada por caballeros de otro porte. Y el detalle que eriza, en el vidrio chico: a los pies de cada paladín, grabado en la piedra, un pentagrama en caracteres hebreos, con un resto de oro en los surcos. Los sellos de Salomón no están en cualquier lado, enseña el letrado: están donde hay algo que sellar. O algo que invocar, si se los da vuelta. Guarden la frase. La sala entera es su demostración.

La segunda ventana es el juicio, y es pura esgrima. Del otro lado del santa sanctorum, los tres que esperan: el maestre compuesto, el patriarca chiquito con su pipa, y el rey Balduino — el segundo de ese nombre — midiendo a los recién llegados. Reynaud habla formalmente, y el vidrio congela su mejor golpe: el colgante de cabeza de cabra arrojado al piso, patinando por las losas hasta detenerse junto a un sello idéntico grabado en el suelo. El símbolo del ídolo y el símbolo del templo, hermanos a la vista de todos. El diario en alto como prueba; Ärsvan señalando desde el flanco práctico. «Son acusaciones gravísimas», dijo el rey. Lo eran. Y eran ciertas, que es lo que las acusaciones gravísimas casi nunca se permiten.

Después, el acusado da el paso al frente, y esta cronista confiesa que ante esta ventana se detiene siempre. «Yo soy Hugo. Soy un pecador — ¿acaso ustedes no lo son?» El vidrio le da la serenidad de los que ya vivieron la escena: «He tomado el lugar del primer gran maestre siendo el último.» Y en el tercer tiempo, el íntimo, el que solo los cuatro oyeron: el susurro enroscándose visible alrededor de ellos mientras la corte entera sigue en su gesto, congelada — «el linaje de ese rey es el más podrido.» Escribe Lirio: era mentira, o mejor dicho, era esa clase de verdad retorcida con que susurran los demonios. Se la creyeron. Todo lo que pasó después pasó también por eso. La crónica lo anota sin atenuantes porque así se lo prometí al testigo: en esta sala nadie miente del todo, y eso es exactamente lo que la hace mortal.

Suena un cuerno, y la ventana grande se abre como se abre un juicio de Dios: delante de cada paladín se combina una criatura negruzca y rojiza — cien duelos naciendo a la vez en la nave, el juicio de cada cual materializado y con garras. Arriba, la figura alada encapuchada — blanca de un lado, negra del otro — se eleva hacia la campana sin badajo con algo en las manos para hacerla sonar. Reynaud lee de su pergamino y un domo de silencio absoluto se cierra sobre la campana: las bocas cantando a gritos, mudas — el vidrio más callado del edificio es también el más lleno de gritos. Y en el ángulo, las placas de Ärsvan encendidas de rojo brasa, el titán creciendo en plena iglesia, cruzando espadas con Hugo Pecator entre los bancos. «Es el juicio, señores. La prueba de fuego: el día en que el vacío es observado.» Cada uno tiene un demonio interior y un ángel guardián. Esa noche, en ese templo, los dos cobraron cuerpo a la vez.

La ventana de los ángeles dobles es teología pura pintada al óleo. Arriba, la tríada danzando en combate: seres unidos por la espalda, ángel de un lado, horror desplumado del otro — como esas criaturas de las que habló un griego, dice el testimonio, con su pudor de labrador. Después las cuerdas cortadas: la campana de mil kilos viniéndose abajo sobre el caballero del yelmo de toro, tragándoselo, los bancos reventando en astillas. Los paladines cayendo mientras fauces de sombra devoran los jirones de espíritu que suben; el filo del maestre abriendo una costura oscura en la garganta del titán. Y el cuarto tiempo, que es de Lirio y de nadie más: el toro levantando el borde de la campana, zafando, y golpeando a un ser doble hasta deshacerlo — plumas y escamas lánguidas juntas. «La serpiente del bien y del mal unida por la cola», escribe. «A esa altura ya ni me sorprendía: yo llevaba puesta la misma teología en el cinturón.» Debajo de mil kilos de bronce, dice también, está la posición exacta desde la que un hombre revisa su vida. La ciudad talló esta ventana para los que revisan tarde.

Y entonces, la paradoja que salva. Reynaud arrastrándose bajo el borde de la campana caída, el clavo diminuto en alto, la comprensión amaneciéndole en la cara sucia: la habían hecho para eliminar demonios. El golpe. La ventana central es una sola onda: el anillo de consagración expandiéndose por toda la nave en círculos concéntricos, los seres dobles reventando en plumas, los demonios deshaciéndose en humo violeta, los paladines rehaciendo filas dentro de la luz. Ciento veinte pies de santidad descargada por el clavo de la cruz del buen ladrón — el instrumento del suplicio de un ladrón perdonado, sonando dentro del arma de los que se creían jueces. Y en el borde de la onda, de rodillas, el titán oscuro: se comió el castigo entero, agotado y temblando, sordo, con media cara en sombra aun dentro de toda esa luz. Ärsvan era eso, dice el testimonio: el que se comía los castigos de todos. Esta cronista, que ochocientos años después firmó con él otro contrato, da fe: nunca dejó de serlo.

La muerte del último gran maestre ocupa la ventana más grave de la sala, en cinco tiempos que piden silencio. La carga: el torco sobre Huawefe, la lanza envuelta en fuego, y el maestre alzado contra el asta en el centro del Temple de Salomón, vencido sin carnicería — el vidrio tiene la elegancia que la noche no tuvo. La reverencia del jinete ante el caído: «Mis respetos: me ha vencido dos veces.» Quiso, tarde, que el golpe no fuera mortal. El tercer tiempo es el que nadie olvida: el rostro del muerto ondulando, deslizándose hacia un borrón que el vidrio se niega — se niega, y hace bien — a resolver. «Él no es Hugo», dijo el propio patriarca. El hálito de luz subiendo hacia la cúpula velada, guiado por un gesto del viejito. Y los cuatro solos entre los bancos rotos, armando en voz alta el rompecabezas que ojalá no hubieran armado: ese maestre había viajado por el yunque del tiempo; era el último gran maestre de la orden, vuelto al comienzo para reformarla. ¿Y saben por qué fue el último? Porque lo mataron ellos. La profecía se cumplió por la mano de los que vinieron a impedirla. Después el mundo les enseñó la palabra — bucle —, pero esa noche solo conocieron el gusto: a sangre propia en boca ajena. En mi ciudad esa frase está prohibida en las bodas y obligatoria en los juicios.

La ventana del eón es la ventana de los estudiosos, y la única de la sala que da esperanza, si se la mira el tiempo suficiente. Los vapores juntándose en la forma de cuatro brazos que habla todos los idiomas y ninguno — una duración manifestada, dicen los antiguos —, los símbolos azules orbitándola: el uróboros, los anillos cerrados. El mosaico de visiones con sus teselas de borde rasgado: una niebla oscura comiéndose una ciudad sobre el agua; pirámides; ellos cuatro corriendo por portales; un monasterio donde los apuntan con varas que escupen truenos; la vaca de doble cornamenta acuchillada por el ternero que solo quería la leche. El cuerpo del maestre desplegado en el aire como un hombre de Vitruvio, dentro de un halo que gira despacio: el éxtasis, guardado en un mismo tiempo hasta el fin de los tiempos. Y la tesela final: un cáliz sobre una meseta ventosa, y gente de ropas lisas y claras apoyando un aparato extraño en un trípode frente a la copa. Tiempos por venir. Los visitantes de mi época se ríen bajito ante esa tesela. Yo no. Yo estuve.

La anteúltima ventana abre el sector cinco, y con él, el umbral de todo lo que esta crónica tiene de ciudad. La estancia circular: el cielo abierto en el techo sin poder estarlo, los símbolos astronómicos flotando, los dos discos de bronce, la pileta con su remolino azul girando despacio, y las escalinatas que suben contra toda geometría hacia una puerta densa de metal con un hueco de cerradura. En las escaleras, sentado, aplaudiendo lento, el Nubio — «¿Piensan que no los observaba? Hicieron bastante quilombo» — con la brújula de dos agujas y el reloj-llave de inventor árabe en el regazo. Su forma verdadera entrevista bajo la revelación forzada: piel roja, dedos de más, la sonrisa cortesana intacta. Y del otro lado de la puerta, el templo de alabastro y pórfido: la virgen-solar altísima con su manto sembrado de estrellas y cuchillos, una máscara por rostro, las manos extendidas, huecas — de haber sostenido dos cosas que ya no están. Reynaud rezó, y al abrir los ojos las escaleras estaban vacías, la llave no estaba, la puerta estaba abierta. Coordenadas, aquí, quiere decir tiempo y espacio. Desapareció como si nunca hubiera estado — no sin dejarles la puerta abierta. Anoten eso los que estudian a los seres del abismo: hasta las fugas, a veces, son regalos.

Y la última ventana de la fase del polvo. El guardián del tártaro saliendo del portal ardiente con sus dos espadas cortas, vestido con las armas del maestre muerto — como Patroclo con las de Aquiles, dice el guion, y el vidrio lo pinta con esa exacta tristeza de armadura prestada. El trono y el ajedrez: la figura enmascarada de túnica blanca sembrada de estrellas, cazando en el aire, con dos palillos, una mota del tamaño de una mosca — el ojo espía de Reynaud, atrapado como un insecto. La máscara que baja: el rostro devorado, vendas y ruina, y la frase que ninguna lámina puede letrar sin temblar: «No estoy muerto. Ojalá estuviera muerto.» La pelea horrenda — el toque que marchita doblando al toro, el guardián tormenteando la espalda real, la sangre negra que no corre bien manchando las estrellas. Y el cierre: la vigilia. Los cuatro agotados, acampados en la cámara circular del tiempo, un fuego chico, el remolino azul girando, la puerta siguiente esperando en lo oscuro.
Del rey leproso, el testimonio de Lirio pide una sola cosa, y esta crónica la cumple con la letra más firme que tiene: «No pido absolución por Balduino. Pido que lo pongan en la lámina con su túnica de estrellas, y que el que mire entienda que los cuatro que lo rodean creían estar haciendo lo correcto. Es lo más parecido a una absolución que un cuadro puede dar.» Ahí está la lámina, paladín. Ahí está la túnica. Después supieron — se lo dijo el dragón — que era pútrido de piel y purísimo de espíritu: el último rey que dejó todo intentando salvar Jerusalén. El susurro de los demonios dio el empujón; ellos pusieron el filo. Así termina el polvo: con los que van a fundar el orden nuevo durmiendo en el suelo del taller del tiempo, a un sueño de distancia de despertar siendo otros. Estaban en el lugar donde se construye el tiempo: a punto de ser los primeros paladines del tiempo. La próxima sala de este edificio ya no es de polvo. Es de marfil, y la están terminando.

VIII. La sala del marfil
Con esta sala cambia el edificio, y lo primero que cambia es la luz. Se acabó el polvo dorado de Jerusalorium: aquí las paredes son de hueso pulido, el aire no tiene viento ni edad, y los pasos no levantan nada porque no hay nada suelto que levantar. Es el ala del yunque — el corazón del titán donde el tiempo se fabrica —, y es también, que nadie lo olvide, mi casa de entonces: en estas ventanas yo ya no soy una aparición en el ángulo del vidrio. Aquí vivo. Caminen despacio y no toquen el hilo dorado si lo ven en el suelo. Todavía no sé del todo si era mío o yo era de él.
La primera ventana espeja los cinco retratos de la fogata de la sala II, y el espejo duele en lo que cambió. Lirio en la armadura blanca del último maestre, agrisándose sobre él como si la orden misma se volviera gris, la cruz recta de cuadrados en el escudo. Ärsvan con la llama azul pálida en la palma y la verdad minotáurica traslúcida encima — ya no se esconde. Reynaud el Penitente: la túnica de estrellas del rey muerto y una máscara sin rasgos que es un espejo: el que lo mira se ve a sí mismo, y casi nadie mira dos veces. Alexio arrodillado, rezando en francés, con el cinto del maestre puesto. Y los cinco… no: los cuatro, chiquitos contra la geometría, ante un trono enmascarado y vacío. Al despertar, cada uno era otro. Lo que uno ve reflejado, dice el letrado, no siempre es lo que le gusta ver. En esta sala esa frase es el reglamento.

La ventana de la fundación es la más citada de la ciudad, y su vidrio es engañosamente quieto: cuatro caballeros cambiados alrededor de una mesa de piedra, un guantelete apoyado plano, y un hilo finísimo de luz azul recorriendo la veta de la mesa como si la piedra tuviera venas. El tiempo del Temple, el tiempo de un nuevo templar: ¿qué mejor lugar para templar el tiempo? Los Templarios del Tiempo; veritas filia temporis. Al lado, la visión ajena que Alexio recibió del lugar: un penitente arrodillado y un compañero sin rostro acercándose por detrás con la espada baja — el eco que este sitio repite desde eras. Y el tercer vidrio: el mismo encuadre, vuelto inocente — la mano pesada de Lirio palmeando el hombro del orco arrodillado. Elegir que el mismo gesto sea caricia y no espada: el testimonio dice que en eso consiste todo lo que aprendió en ochocientos años. La ciudad talló los dos encuadres gemelos para que nadie pueda decir que no le mostraron la diferencia.

Sigue una ventana pequeña y dorada: el Penitente girando el gran cuerno en las manos, el objeto doblado en el reflejo de su máscara; el banquete antiguo de la corte del rey Hugo — caballeros retorciéndose los bigotes en la jactancia, copas en alto, un rey que ríe —; y el detalle junto a la boquilla: una leyenda diminuta en tinta que casi se borró, trazos gastados que ya no dicen nada… salvo para el que sabe qué decían. Cuerno para el rey Hugo. Si es el mismo cuerno, viajó. Y alguien más supo acceder a él. Las reliquias de esta historia tienen esa costumbre: llegan siempre con un dueño anterior y una factura pendiente.

La corte del rey sucio ocupa la ventana más vertiginosa del ala. Los guerreros torcos asomados a la puerta del trono donde el Penitente juega al consejero arrodillado; las ofrendas del Dios neutro — la rata muerta, los cuencos de borde biselado con el arroz parejo —; y el gran vidrio central: el pozo negro de veneración, pisos infinitos hacia arriba y hacia abajo como dos espejos enfrentados, una figura borrosa cayendo adentro para siempre, los torcos escupiendo carmín oscuro sobre el jeroglífico del borde. Y arriba de todo, asomada entre los pisos multiplicados, la cabeza de un caballero rubio con casco, espiando. «Solamente está el del principio y el final, el que dominó el tiempo. Cabalgaremos hasta el fin de los tiempos.» La teología torca cabe en dos frases y no está más errada que la nuestra. Eso también lo aprendí en esta sala, y me costó.

La ventana del globo es la que los estudiosos del tiempo me piden abrir dos veces. La bola de cristal sobre sus seis patas, como un mundo en una esfera de nieve — y adentro, flotando, una tierra y la sombra de otra tierra, fantasmagóricas, con una grieta etérica finísima entre las dos. Dos engarces de gema conspicuamente vacíos. La visión del constructor en su fragor verde, moviendo mesas con el pensamiento, haciendo girar planetas alrededor de las manos. Las perillas de submarino y el visor gris trabado: una mujer de cota descansando sobre un altar, las manos sobre una espada, una vela, seis salidas. Y el guantelete girando un número que vuelve, terco, a su lugar. Seis dedos tenía Aso; seis patas tiene el globo. Demasiada casualidad, dijeron. En esta ciudad aprendimos a no llamar casualidad a nada que tenga seis de algo.

Zeta, el ángel sin alas, tiene su ventana partida en blanco y negro como él. Sentado ante el púlpito bajo la cruz de cuadrados, con los muñones ausentes insinuados apenas por la caída de la túnica — humillado, y sin embargo el único ser de toda la crónica que reparte con las dos manos. La entrega de la astilla de la Veracruz, roja en los guanteletes ahuecados: «Si yo no la tengo, no la puedo proteger; y si ustedes la tienen, yo no la puedo proteger.» La bendición pareja en el corredor de marfil, de ida hacia un enemigo al que también le llevaba algo. Y la última escena: su túnica pasando ante el globo, y en el reflejo de la esfera, enmarcada en gris ceniza, la visión horrenda — la ciudad de canales en fiesta vuelta grito, naves escapando, un coloso cayendo. Jugando, todos seremos jugados. La fijeza estática es el Apocalipsis: las cosas no llegan — están. Cada vez que un visitante me pregunta por qué esta ciudad se sigue moviendo, lo traigo aquí y no agrego nada.

La biblioteca de tablillas negras es, me perdonarán la debilidad, mi ventana. Los estantes de marfil donde flotan sueltas las tablillas de cristal negro, el saber escrito en negativo bajo la luz azul tenue — los registros akáshicos leídos del revés. Aso sentado a la mesa de lectura, melancólico como nunca lo estuvo de pie: «Pensé que el destino me daba más tiempo», deslizando su mitad del libro hacia los caballeros. Su confesión dibujada: el complejo entero como el corazón anatómico de un titán caído, y sobre él una sola letra — la P que en griego es la letra de Cristo. Y el apretón del pacto con las tablillas girando lentas alrededor, como planetas educados. «Gracias por el tiempo que me dejaron. Creo que fue el último momento en que estuve feliz.» Lo dijo el ser de la mirada de abismo, y era verdad. En mi biblioteca de ahora, que heredó algo de aquella, esa frase está grabada en el escritorio. Del lado de adentro, donde la veo yo.

Después la sala se rompe en batalla, y la ventana del dragón es puro vértigo pintado en marfil. La gran sala de la mesa circular: los caballeros levantándose de golpe, la lanza larguísima cruzada sobre la mesa, el huevo — sí, ese huevo — en su trípode junto a la puerta secreta, la lluvia de flechas torcas entrando. Carlos escamoteado del tiempo a mitad de gesto por la máscara-artilugio de Aso. Y el centro: la puñalada sutil que deshace magias, el disfraz del viejo Q despedazándose, y el dragón plateado creciendo de adentro del abuelo tembloroso que los había seguido desde Tiro — furioso, antiguo, con las escamas de plata veteadas de azul cronal, llenando la sala entera. «La muerte plateada», murmuró un torco. La cara de Lirio, dice la fuente, lo dijo todo. El vidrio la guarda: es la cara de un hombre que comprende, en un solo segundo, cuántas veces le mintió un anciano al que le cuidó el sueño.

Y sin embargo la ventana siguiente es la del milagro chiquito, mi preferida de toda la sala. Lirio plantado ante la cabeza bajada del dragón, a los ojos, sin miedo: «No entiendo por qué nos mentiste.» Alexio envainando y caminando a la mesa: «Estamos encerrados acá. Charlemos — total, el tiempo no es tiempo.» Los caballeros bajando las armas; los torcos muertos alineados bajo un rezo. Carlos rematerializado a los diez minutos, sentándose a pedir vino como quien vuelve de estirar las piernas. Y el gran vidrio: el pomo de la espada del rey sobre el libro partido — el fulgor que hace escudarse a todos — y las dos mitades uniéndose con una costura de luz azul: el tiempo a través del tiempo, otra vez junto. La última escena: todos los caballeros de la sala girando a mirar al Penitente. «Tenemos el monje adecuado.» Dos hombres cansados eligiendo la palabra, y una sala entera obedeciendo: valió más que todas las cargas de mandoble de esta crónica, y lo dice el dueño del mandoble.

La ventana que sigue es la imagen-madre del edificio, y la ciudad la talló a doble altura. Abajo, el precio: el Penitente aferrado a la mesa de lectura como un capitán en la tormenta, un hilo oscuro asomando bajo la máscara de espejo, Lirio rezando a su lado, la mano del torco firme en su espalda — así se lee el Cronomicón, pagando. Arriba, la respuesta que buscaban desde la sala II: el titán del tiempo alto como el cosmos avanzando sobre Jericó diminuta — el hondazo cegador disparado desde Masada con la Veracruz adentro reventándole el ojo — y la guadaña inmensa siguiendo el golpe: la cabeza colosal separándose, cayendo por los cielos en capas. Ahí está. Esa es la cabeza que ustedes vieron caída en el valle, blanca como marfil, en la ventana 013. Se llamaba Kronamon, hijo de Pablo el cronomante. David y Goliat, escribe Lirio, pero al revés de como se lo contaba su abuela: la piedra santa la tiraron los que apostaban contra la fe de un padre. Guarden ese nombre. Esta ciudad es, entre otras cosas, la casa donde ese nombre volvió a tener dueño.

Y entro yo, por tercera vez, y ya sin velo. La puerta que se abre sola, el olor a rosas, los caballeros soltando lo que tenían en las manos; mi hilo dorado arrastrándose detrás de mí, cruzando la puerta, perdiéndose más allá — la cadena áurea que conecta con otras posibilidades, aunque entonces nadie de esa sala sabía llamarla así. Mi sombra, en el vidrio, muestra por un instante los cuernitos. Los talladores no me preguntaron; hicieron bien: es verdad. Ärsvan presentándome formalmente — «les presento a mi futura prometida» — con un paladín de cimera estudiando el techo con dedicación de erudito. Y después la conversación que el vidrio guarda en un inset de sombra: una mano de padre soltando a un hijo hacia una guadaña que espera. «Kronamon fue enviado al sacrificio por su padre — como Isaac por Abraham. Y le fue quitado lo que más quería.» Lo dije con dulzura porque era lo más terrible que sabía, y las cosas terribles, dichas con dulzura, se quedan a vivir en el que las oye. La última escena es mi mano tendida hacia Lirio, el hilo haciendo su lazo hacia lo oscuro, y el paladín inmóvil con los guanteletes cruzados. No fue. El único que jamás tomó nada de mi mano — y hoy es el que me escribe los testimonios con letra de arado. La rueda no perdona, pero a veces acomoda.

La ventana del fantasma es la más rara de la sala, y la más triste si se la mira dos veces. El perrito faldero rascando la puerta de marfil; detrás, flotando junto a su fonógrafo, la matrona rusa de túnicas negras, los ojos como pozos claros, translúcida en los bordes con ese violeta que ya conocen. «Yo soy apenas un fantasma de un futuro que no existe. Yo inventé el registro akáshico — y él está ahí, usando mis saberes en negativo.» La aguja del fonógrafo girando sin que nadie le diera cuerda. Y el trato, mano a mano con Ärsvan, sellado con un asentimiento: «Necesito que admitas que hay que mancharse un poco.» «Yo estoy más manchado que vos. Vamos.» La ciudad archiva a sus muertos; a los fantasmas de futuros que no existen no sabe dónde ponerlos, así que les dio esta ventana. A veces la oigo, de noche, en el surco del fonógrafo. Escribe lo que llama detrás del velo. Alguna vez me va a dictar a mí.

La sala cierra con la muerte del Negro, y con mi culpa, que el vidrio no me deja depositar en nadie más. Primer tiempo: yo, apartándome de la puerta de la biblioteca que me habían dado a custodiar — «Está bien. Si eso es lo que ustedes dicen» — con esa cara de confiar extrañamente que los talladores copiaron demasiado bien. Segundo: Aso desatado, empapado, las tablillas negras girando en órbita, los ojos azul-rojizos; y del otro lado de la sala, el símbolo de muerte tallándose solo en la frente del caballero de blanco. Tercero, en el pudor de la regla: la lanza del orco que da en el blanco, la guadaña que baja — y el Nubio cayendo al fin entre tablillas que revientan. Cuarto: el vapor violeta desgarrándose del pecho del cuerpo, subiendo en espiral con hojas rotas y esquirlas de cristal, huyendo hacia el cubo de escaleras infinitas donde las hojas caen como panfletos arrojados. Habíamos matado al caballo; el jinete seguía suelto. Y el quinto tiempo, en paralelo: lejos, el lector enmascarado viendo dentro del libro el secreto que el muerto guardaba — una figura oscura ante una catedral negra, una hoja hundida en un corazón inmenso y encadenado. El corazón del padre. Los griegos creían que la memoria vivía en el corazón. Al final del libro, dicen, se puede llegar al corazón de la Torre. La próxima sala de este edificio es exactamente ese viaje, y por eso todavía tiene los andamios puestos. Yo, mientras tanto, dejo aquí esta hebra dorada, sobre el alféizar de la ventana donde confié mal. Las culpas, en mi ciudad, no se expían. Se exhiben con buena luz.

IX. La sala del corazón
Esta es la sala que estuvo más tiempo en andamios, y ahora entiendo por qué: es la única del edificio que no está construida alrededor de sus ventanas sino alrededor de un libro, y los libros, cuando se los abre del todo, no tienen paredes. Aquí el marfil se cierra en bóveda, como un pecho. Caminen con las dos manos a la vista: en esta sala todos terminamos dando algo que no pensábamos dar, y la ciudad talló los vidrios de modo que el visitante sienta, a mitad del recorrido, que también a él le están contando las costillas.
Se entra por el duelo, porque así entraron ellos. La primera ventana es un funeral triple: el orco nuevo —porque Alexio despertó del yunque en un cuerpo torco, seis pies de estepa con los ojos de siempre— limpiando sus armas junto al bulto amortajado de Huawefe, el caballo de guerra que fue uno de los nuestros y como tal se lo lloró; los cuatro torcos caídos en la capilla de la gran virgen de espinas, con las monedas bajo los ojos y las manos de piedra extendidas sobre ellos, vacías como corresponde; y la discusión de la moneda de Judas, a velas bajas: levantar a los muertos para una causa noble — se puede, la plata alcanza, el texto lo permite. La negativa de los caballeros es el reglamento moral de esta sala entera: los muertos deben descansar. Sobre el caballo, un solo paño con la cruz roja. La ciudad no puso más color porque no hizo falta.

La segunda ventana es la mía, y es la que más me cuesta abrir. El borde del cubo: el teseracto de escaleras imposibles donde la geometría miente con elegancia. Yo, sosteniendo en alto la visión como quien sostiene una ventana a un sótano: adentro, inmenso y satisfecho, el señor del Abismo de los bigotes horrendos, dando la bienvenida a su Novis Club — «¿Ustedes piensan que estar acá es gratis? Ya están localizados». Y yo forzándome a gritar el código de números con la cara mudándoseme, los cuernitos asomando, lo abisal cruzándome como una nube cruza un campo. El cuarto vidrio me guarda mitad monstruo y mitad súplica, mirando a los caballeros que acababan de preguntar en voz baja en qué me habían convertido. Lo que les respondí está tallado al pie, y lo sostengo ochocientos años después: yo soy redimible. Fue en esta ventana, además, donde el libro nombró por primera vez al que cortó la cabeza de Kronamon: el Séptimo Sello — que no es el nombre de una criatura, sino el del Apocalipsis. Guarden eso también.

Después la sala se ensancha para la partida de Carlomagno, que es la ventana más ceremonial del ala. El vitral de Roncesvalles: un cuerno soplado en lo alto de un paso hasta rajarse — «el día que el cuerno sople hasta romperse habrá heroísmo, y la espada durará por el resto de los tiempos»: la respuesta akáshica convertida en cantar antes de suceder. Las salas de máquinas moviendo el foco del gran cristal con manivelas y guinches, los diales sintonizándose como una orquesta afinando. Las concesiones: el huevo embalado para viajar con Carlos —bajo el agua siempre es el mejor lugar para guardar un huevo— y la Lanza envuelta, prometida a Antioquía, con los votos formales encima. Alexio apretando contra las manos del rey una placa con la cara de Huawefe y una bolsa de cien monedas: la estatua ecuestre encargada, el duelo convertido en bronce futuro; detrás, un bardo de mirada ilegible tomando nota — la crónica sabe su nombre, Ganelón, y no dice más. Y el gran vidrio: los pares cabalgando hacia el resplandor azul entre las piedras paradas, los cuatro templarios saludando. «Caballeros en la tierra», dijo el rey. Y alguien, bajito: «y eso que nos lo dice un antipaladín».

La ventana del rey goblin es la más vieja de la sala, aunque sea nueva: huele a carroña antigua. El silencio nunca es buen presagio — estaban despoblando el lugar, y algo se había soltado. Detrás de la capilla, los lobos mastinoides tironeando de los caídos, formas arrastradas entre las mortajas, y la cosa inmensa y jorobada de boca que exuda vapor, juntando huesos con la paciencia de un archivero. En el segundo vidrio, el goblin anciano en sus galas robadas, irguiéndose con toda la majestad de un trono que no existe: «Soy el rey. Trátenme como a un rey». Y en el tercero los dientes, que eran su única corona verdadera: «Esta noche morirá la mitad de ustedes, malditos» — y la jauría retirándose hacia el pozo negro, llevándose sus bultos oscuros. La ciudad no le puso acentos a esta ventana. Hay cortes de la crónica que se cuentan en penumbra o no se cuentan.

La noche del hombre de la bolsa tiene la ventana más fría del edificio, y lo digo habiendo tallado un ala entera de marfil. «Yo les dije que tenía que irme», dijo Q — y entonces se apagó la luz. Escarcha trepando por los lomos de los libros, una vela boqueando. En el cono de luz que conjuró Ärsvan, la criatura entera: cabría, jorobada, inmensa, las cadenas colgando de los puños y la gran bolsa al hombro, el aliento saliendo en niebla glacial violeta. Sobre la mesa de lectura, lo peor: un niño de pelo platinado nadando en las ropas de un viejo — porque la bolsa no mata: devuelve a la niñez, y el dragón que los cuidó desde Tiro estaba ahora aprendiendo eso en carne propia. El cuarto vidrio es el caos como fue: Lirio arrastrado inconsciente entre cadenas, Ärsvan tragado por la bolsa de un tirón —adentro era mullido, dice su testimonio, como un útero, y esa dulzura era exactamente el peligro—. Y el quinto es el milagro ridículo y enorme de esta sala: una liebre moteada entre los escombros, apoyando la pata en el guantelete de un caído, con una lucecita tibia pasando de una a otro. Alexio, reducido a animalito, curando igual. La forma cambia. Lo que uno es, no.

Y entonces, el Ángel. La ventana del Séptimo Sello empieza con un vuelo de capa y un doble flash —uno de luz, uno de oscuridad— y la criatura inmensa dando dos pasos de más antes de desplomarse, que es la manera en que esta crónica cuenta lo que le pasó al cuello. Zeta, partido en blanco y negro como siempre, cargando el cuerpo del monstruo con la tranquilidad de quien devuelve un mueble, y pateando hacia los caballeros la bolsa repleta: «No la abran hasta que sea Navidad». El tercer vidrio guarda la disyunción: la liebre deshecha en un estallido de magia que se desanuda, y en su lugar un orco joven y crudo, empapado en gelatina amniótica, con la espada arruinada humeando al lado; el Ángel doblado por el esfuerzo, porque hasta los ángeles pagan. Y el último: la figura bicolor llevándose de la mano, por el corredor de marfil, a un niño de pelo platinado. «De él me voy a encargar yo.» Antes de irse avisó dos cosas, y la ciudad las talló juntas porque son la misma: están prolongando su estadía y empiezan a ser ubicados; cuiden la duración de la vida.

La ventana de la Navidad de 1889 es tres visiones en marco de ceniza — la primera vez que el edificio deja entrar la paleta de la nieve sucia que dominará las salas que faltan. París cercada: un carromato solo frente a Notre-Dame, y el aire alrededor de la ciudad sutilmente doblado, como pasa cuando alguien altera el tamaño temporal de algo que no le pertenece. El segundo vidrio es la muerte de Pablo: el coloso oscuro de seis dedos arrojando su espada como una jabalina, y el hombre que salía de la misa de medianoche doblándose en las escalinatas — se había convertido un par de años antes; morir saliendo de misa fue, quizás, lo único que esa noche le concedió. Y el tercero: una figura en lo alto de la Torre Eiffel bajo luz de tormenta —el lugar donde Zeus atravesó a Set—, alzando un tomo que se va volando hacia el pasado como un cometa azul. En esa misma catedral, dice el letrado, se fraguó la traición que llevó a la debacle de Venecia. La crónica no mira ahí. Hay ventanas que esta ciudad se negó a tallar, y yo firmé la negativa.

La Parca del reloj entró a la 1:59, y su ventana camina con ella: despacio, inexorable, la capucha coronando un rostro que es un reloj detenido cinco minutos antes de la medianoche, con un brillo azul de escarcha cronal. La guadaña arrancando las gemas del globo de seis patas como quien cosecha; un reloj de bolsillo —el del Negro— puesto sobre la mesa con deliberación de ajedrecista. En el tercer vidrio se quita el reloj de la cara y debajo está la calavera, y un trono de huesos se arma solo para que se siente a parlamentar: «Si colaboran, no habrá dolor. La aceptación es la clave». Era, extrañamente, un ser de bien; esta sala obliga a escribirlo. El cuarto vidrio es la batalla que igual hubo: Alexio a la carga sobre el grifo de dos espadas con la lanza ardiendo, la hoja santa de Lirio, el látigo violeta de la energía negativa. Y el quinto es el gesto que cambió el resto de la crónica: Reynaud corriendo al reloj de la mesa y dándole cuerda con los dos pulgares, la luz azul trepándole por los brazos — porque el reloj cargaba una resurrección, y al darle cuerda la activó: la del Negro. Lo habían revivido. De la Parca, detrás de él, quedó solamente el sombrero de ala ancha, planeando hasta el piso — y a la bolsa de Navidad fue a parar, como todo lo demás.

La ventana del reloj de Pablo es la más conversadora del ala. El estudio en marco de visión: un relojero suizo en 1722, a la luz de las velas de un salón como los de Voltaire, armando pieza a pieza el artefacto mientras las pelucas empolvadas discuten detrás. Su propósito: que el mundo sea justo. Su poder: el último que le da cuerda queda cargado con una resurrección. El segundo vidrio lo muestra colgado de su cadena sobre un pecho de túnica, brillando apenas, como si conversara — y al lado, Alexio tirando las piedras del augurio, que caen mal: ¿es bueno terminar de leer el libro? No. «Bueno… igual lo voy a hacer.» En esa respuesta cabe la orden entera y me la volvería a casar. El tercer vidrio es el descenso del Grifo de dos espadas ante el orco arrodillado, el viento de las alas aplastando las velas: «Sigamos creciendo juntos» — un dios que invierte, no que exige. Y el cuarto es la bruja rusa otra vez, mi vecina de fonógrafo, flotando con su whisky y dibujando en el aire una islita luminosa más allá de una pared de disolución: 1918, 1919, las llaves eléctricas. «La humanidad es nuestra mejor inversión.» Lo dijo un fantasma de un futuro que no existe. Inviertan con cuidado.

La historia de Helter se cuenta entera por elipsis, y esta ventana es la prueba de que la ciudad sabe callar en cinco idiomas. El libro cruzó su penúltima barrera —secretos que los dioses no quieren que los mortales sepan— y lo que mostró está tallado como mosaico oscuro: el viejo Elías y la nenita leyendo un cuento a la luz de un farol, en un barco sobre aguas tenebrosas, con la sombra del deseo pedido alargándose en la pared más de lo que ninguna sombra debe; la pequeña vela cruzando meses de mar plateado de la Sombra hacia el castillo de los Pilares; el salón de los espejos donde Thel cae — solo el reflejo fracturado en los vidrios, jamás el acto, y una daga de cobalto negro brillando una única vez; la mano de Helter con el sexto dedo brotando, la tez y el pelo mudando de dueño; y la escalinata con el cuerpo de Ariel al pie, de espaldas, las marcas talladas en la casaca vueltas ilegibles a propósito, mientras un hombre cambiado camina hacia un fragor rojo al final del Abismo. Las preguntas del libro cerraban todas en una: ¿quién querés que deje de existir para siempre? La crónica cuenta lo que costó. No mira el resto.

Y la sala termina donde termina la Parte III de esta historia: adentro del libro. «Este libro me está dando una idea: psicoanálisis para aventureros», alcanzó a decir alguien — y la biblioteca ya no estaba: los estantes deshaciéndose en páginas a la deriva, la frase cortada a la mitad. Habían sido succionados. Todos. El gran vidrio central, el más alto de la sala, es el borde del plano: un abismo de brumas azules cuyo centro es un corazón colosal, apresado en cadenas de oro, con una herida — latiendo espaciado y mal, como late lo que lleva demasiado tiempo esperando. Los cuatro templarios, diminutos en el borde. El corazón del padre; los griegos creían que la memoria vivía ahí. Y el último vidrio: la figura violácea a la que se le pegan todas las hojas del libro como plumas — el ángel de hojas — abriendo sus alas de páginas entre los caballeros y el corazón, para plantear la disyuntiva con la que esta sala despide al visitante: pelear por el conocimiento completo de la cronomancia, o irse para siempre. «Me estaban esperando», dice el testimonio. Eligieron pelear. Y después viajar — no a matar a nadie: a impedir un abandono. Con esa frase cierro la sala, porque no conozco mejor definición de todo lo que estos cuatro hicieron conmigo.

X. La sala del contrato
Esta sala tiene una rareza arquitectónica que ninguna otra del edificio se permite: cambia de material a mitad de camino. Se entra por marfil —el último marfil de la ciudad— y se sale por ceniza, y el punto exacto de la costura no lo marqué con ninguna moldura porque la vida tampoco lo marcó: mis huéspedes cruzaron de un plano atemporal a un 13 de diciembre de 1889 sin más aviso que el frío. Es también la sala de los papeles. Todo lo que brilla aquí, brilla en oro de usura, y todo lo que está en oro de usura es una deuda. Caminen con las manos en los bolsillos y no firmen nada, ni siquiera con la mirada.
La primera ventana es el botín de la Muerte, repartido con esa mezcla de codicia y luto que solo conocen los que saquean a alguien que les caía bien. Pieles de corteza, rollos rúnicos, trineos, y los quesos de la Parca comidos en silencio por un caballero con yelmo de rey sapo — el vidrio lo guarda masticando, y no es un chiste: es un presagio. En el centro, la guadaña axiomática encendiéndose al entrar en el lugar atemporal, la punta de pluma dorada casi cegadora: era la hoja que le dieron al titán del tiempo, y es frágil — si se la parte, sucede algo más; algo horrible. Posada espectral en el hombro del portador de armadura negra, mi vecina rusa de siempre, violeta en los bordes, susurrándole los secretos del arma. Y al costado, el orco sopesando una lanza de justa en cuya punta cabe, apenas, la posibilidad de un cosmos.

La ventana del casco del último Herru es la más apagada de toda la fase, y la tallamos sin un solo acento de color porque el gris de la pérdida no admite competencia. El yelmo batracio a la luz de la lámpara, con su visera-lengua colgando, sutilmente mal. El yelmo bajando sobre la cabeza arrodillada de Lirio — y la radiancia suave que lo acompañó toda la crónica apagándose como una vela soplada, la empuñadura de su propia espada santa humeando contra la palma. Lirio dijo su número favorito, el cinco. Y el cinco era Alineamiento Opuesto. El tercer vidrio es el que me cuesta mirar: el paladín sentado aparte en la penumbra de marfil, enorme, absurdo y desgarrador con su cabeza de rana coronada, mirando fijo el marco de la puerta. Sintió que Dios lo soltaba. La ciudad talló ese sentimiento sin ponerle ninguna palabra encima, porque no la hay.

Después el libro los llevó ante su guardián, y la ventana es un círculo que también es un cuadrado. En el centro, el corazón vivo ceñido en anillos de hierro y cadenas, latiendo a destiempo con su azul tenue; y ante él, el contrato vivo: un ser momificado en páginas escritas que envuelven del todo a un cautivo, las cláusulas en oro apenas insinuado, un sigilo velado repitiéndose en los sellos, y adentro una forma empujando hacia afuera, como pidiendo ser salvada. Era la manifestación física del contrato con que Asmodeus capturó al último viajero del tiempo. El tercer vidrio es una sola página tendida, con una única línea de firma brillando. «Si ustedes no quieren firmar el papel, el papel los va a firmar a ustedes.» Y la visión del cuarto: un erudito antiguo acosado por diablos en una celda alejandrina, sus páginas llevadas en procesión hacia una biblioteca infernal, y siglos más tarde encuadernadas junto a los versos de un poeta florentino sobre una puerta de fuego que se abre. Así se hizo el libro que los tragó. Los libros de esta historia también llegan siempre con un dueño anterior y una factura pendiente.

La ventana del deseo de la lanza guarda la jugada más fina de toda la crónica. El Penitente dando un paso al frente, solo, mientras una pluma de ganso se le tiende desde una mano hecha de páginas apiladas. Y el orco —bendito sea su literalismo— clavando la lanza de justa punta abajo en el piso del plano y diciendo un deseo, con el viento de la consecuencia levantando todas las hojas sueltas: deseo que Reynaud acceda al conocimiento sin firmar el contrato, que nos salvemos igualmente y que podamos ir a la época señalada. El tercer vidrio muestra el saber entrando igual: escritura azul finísima trepando por los brazos del enmascarado, hilos de tinta oscura asomando bajo el borde del espejo. Concedido — todo, al pie de la letra. Los diablos son pacientes. Y la visión del cuarto vidrio explica la paciencia: un viejo hechicero arrodillado ante el altar de una dama dolorosa, depositando un reloj de bolsillo como quien rinde una espada.

La ventana de la firma es la más dorada del edificio entero, y la ciudad la talló dentro del tiempo detenido: el mundo entero gris marfil, congelado, y SOLO lo contractual ardiendo en oro. Los compañeros quietos a mitad de gesto, las páginas suspendidas como hojas en vidrio; una única figura enmascarada moviéndose entre las estatuas, deslizando un reloj en la mochila de un caballero congelado. El cuasit escriba materializándose en el aire con libro mayor y sello, desenrollando un contrato en un solo movimiento. Y el gran vidrio: la firma — la palma apenas marcada, la tinta de oro y carmín oscuro fluyendo hacia un nombre en la línea, y la máscara de espejo reflejando el contrato en lugar de una cara. Con el alma ya comprometida, el contrato de Asmodeus quedaba sin objeto: Reynaud no le firmó al diablo grande — le firmó a otro, primero, para dejarlo sin presa. Decile a tu señor que le voy a proponer cómo arruinar a quien lo marcó. El último vidrio es el tiempo volviendo de golpe, cada hoja del guardián erizada, el escribita desvaneciéndose a mitad de palabra con la tinta fresca. Le faltó una ronda para ocultar la evidencia. En mi ciudad, ese margen de una ronda tiene su propia ventana.

Sigue la furia, y el guardián de páginas la talló él mismo en el vidrio con su mirada vuelta agujero negro: los cuatro caballeros doblándose mientras hilos finos de vitalidad se les desprenden. No hay nada más insidioso que la propia muerte que uno se quiere dar. El segundo vidrio es el cubo gris detonando en caos crudo — el estallido incoloro y después prismático, cristales oceana y cornalina rebanando estanterías, el guardián mismo tambaleándose. El tercero, una tormenta de fuego leída de un pergamino cayendo como llama tibia y sanadora sobre los cuatro heridos, porque en esta historia hasta el incendio elige bando. El cuarto: el enmascarado sacando un pergamino de la mochila de un compañero —el que él mismo había puesto ahí, en el tiempo detenido— y leyendo un Milagro, con un sigilo-laberinto dorado respondiendo en el aire: concédenos la salida de este laberinto trazado por tu gran enemigo, el primer diablo y traidor, Asmodeus. Y el quinto vidrio es la caída: los cuatro juntos, por una espiral cósmica de eras, con páginas y una presencia furiosa embudándose detrás. Así se sale de un libro: por el fondo.

Y aquí la sala cambia de piel. La ventana siguiente ya no es marfil: es ceniza, hollín y luz de gas, y el que la cruza siente el frío antes de entender por qué. Los cuatro caídos en una campiña de nieve sucia de 1889 — molinos muertos, chimeneas de fábrica, líneas de riel incomprensibles, y en el horizonte una tarrasca caminando con lentitud geológica. Cayeron un 13 de diciembre, una semana antes de esa Navidad cuyo resultado conocían. París a lo lejos, anillada de cúpulas de fuerza temblorosas, los bulevares visiblemente vacíos; un carro de gente de piel azul pasando, figuras pálidas al borde del bosque. El tercer vidrio es el granero perdido: un gnomo mugriento con una gema azul entre los dedos del pie, señalando una máquina-altar semi-mecánica cubierta con lonas, los bordes destellando apenas en oro de usura, el piso manchado de colores que no deberían existir. Y el cuarto: el templario de negro con el martillo de guerra en alto sobre la máquina — y la mano firme del enmascarado en su muñeca. «Descansen, templarios del laberinto de marfil. Pronto vendrán las últimas pruebas.»

La ventana de la despedida de Reynaud es la que los talladores discutieron más, porque guarda cuatro tiempos y ninguno consuela. El casco de rana cayendo por fin de la cabeza de Lirio bajo la bendición de un compañero, la luz suave volviéndole a la cara — eso primero, para que se pueda respirar. Después el enmascarado junto a la pared del granero: el inset lo muestra tallando una palabra ayer, y la pared hoy sin marca — viajar al pasado no cambia la propia línea: genera líneas paralelas; la pared se lo dijo antes que nadie. Tercero: la niebla antinatural con un agujero en el centro solidificándose en el guardián del tiempo — cuatro brazos, un vórtice humanoide, cuchillos de cristal abriéndose en abanico. Sometéos. La realidad rasgada como papel mojado, el guardián zambulléndose tras una figura de túnica de estrellas que huye; y junto al desgarro, un caballero cruzándole la cara a otro con los ojos vidriados, y acunando después la herida que hizo. Y el vidrio astral: el enmascarado con la hoja alzada en ultimátum contra sí mismo ante el guardián de cuatro brazos — «enséñenme a hacer las cosas bien, o me abro la garganta» — y cuando llegó el momento, no se la abrió: se dejó tomar. Suspendido, sereno, en una estasis azul cronal, llevado a través de un espacio sin estrellas. Después de esta ventana, el que me escribe con letra de arado camina la crónica sin su espejo. La sala que sigue lo cuenta sin él.

La sala cierra en Notre-Dame, que es donde esta historia siempre estuvo yendo. Una cabra blanca caminando sobre la superficie del río, una bufanda blanca tendida hacia manos con guanteletes, noche de gas. El rosetón de la catedral que no estaba: en su lugar, una rueda tallada de veinticuatro signos opuestos — la misma rueda que ustedes vieron en otras salas de esta ciudad, si caminaron bien. La nave vacía llenándose de un eco violeta y traslúcido: una boda espectral, lejana, de siluetas equivocadas ante un altar, con una luz de orquesta vieja, todo humo y distancia — la boda de sangre de 1570; la crónica la mira de lejos, y yo también. El eco se va, y queda un viejo solo, de ropas oscuras, arrodillado a rezar en la inmensidad vacía, con un caballero orco arrodillándose a su lado sin preguntar nada. Y el último vidrio de la sala: Pablo el Cronomante, grave y manso, apoyando una mano en el mango de la guadaña dorada — la hoja que decapitó a su hijo — con la cara quebrándose de una pena silenciosa, los templarios alrededor a la luz de las velas. «Solamente le compré ocho siglos, entonces.» Lo dijo del tiempo que pagó por su hijo, y lo entendí como nadie: yo también sé lo que compran ochocientos años, y lo que no.

XI. La sala de la implosión
Esta es la última sala, y les debo una confesión antes de abrirla: la construí dos veces. La primera vez la tallé como archivista, con la distancia profesional que ustedes ya me conocen. La segunda vez la tallé como viuda y como esposa —las dos cosas, en ese orden y en el otro—, porque en estas ventanas pasa lo que me pasó a mí. Si en las salas anteriores me vieron aparecer en el ángulo del vidrio, en esta estoy adentro. Caminen igual. La verdad es hija del tiempo, y esta sala es donde el tiempo por fin pagó lo que debía.
Se entra por la ciudad vaciada, que es el vidrio más grande del ala: París monumental bajo la nieve sucia, vista desde Montmartre — los bulevares haussmannianos completamente vacíos, Notre-Dame en su isla, el arco del que irradian doce calles, y la Torre crepitando con el plasma azul que se junta para algo que todavía no tiene nombre. Pájaros gigantes acarreando cañones hacia un frente lejano. Un millón ochocientas mil almas, extrañamente ausentes, con aire de ensueño; las lámparas de gas encendiéndose solas en un bulevar muerto, y en un callejón sin salida, soldados harapientos cantando alrededor de un fuego de tonel. Algo se prepara en París: un gran torneo. La ciudad entera contiene el aliento, y el vidrio también.

La ventana del anfiteatro guarda la deuda más vieja de la tanda. Junto al fuego del alba, el sirviente-armadura negro levantándose a mitad de frase y corriendo hacia la niebla — las armaduras saben antes que nadie. Después el gran vidrio: un anfiteatro demoníaco en una hondonada natural, demodands descarnados con libros mayores y balanzas preparando una arena, prisioneros encadenados arreados en fila, y en un palco, sobre un trono de calaveras, un empresario batracio y gordo comandando diablos, con los contratos brillando en el oro que ustedes ya saben leer. Y entre todo eso, un solo prisionero de pelo gris, con armadura de plata y túnicas blancas de otro mundo, sentado en sus cadenas con ojos cansados y sin miedo. Si lo llaman, hay un titán del Tártaro caminando cerca de París. El caballero orco se agachó a hablarle entre los barrotes, porque eso hacen los orcos de esta crónica con los prisioneros dignos. «Siempre fui un hombre libre», dijo el encadenado. El vidrio le creyó.

La ventana de los reguladores es la del reencuentro que no fue. Desde la otra vereda, bajo la nieve que remolinea: la banda de aventureros pasando de largo — el enano hediondo como un tanque con su hoja élfica desmedida, la mujer de pelo corto con el espadón, el asesino pequeño y consumado, el hombre orbitado de piedritas, y el elfo pálido flotante dando órdenes. Ninguno mira atrás. La crónica los mira por los cuatro. En el refugio del granero, el prisionero liberado cuenta su historia: Aarón, el viejo guerrero imponente, desarmado por voto, las manos abiertas y vacías junto al fuego. «El diablo esclaviza y domina; el daemon consume.» Su visión, tallada en ceniza más oscura: una ciudad inmensa de otro mundo comida desde abajo por una plaga de gusanos pálidos, las lucecitas apagándose de a una. «Se me encomendó rescatar la mayor cantidad de mundos posible. Mi nombre es Aarón.» Y el último vidrio: el viejo y los tres templarios alrededor del fuego, cuatro siluetas otra vez. Esta crónica sabe contar cuántos son. Le costó aprenderlo.

Notre-Dame tomada es la ventana que más frío da, y no por la nieve. El orco en su grifo cruzando la luna — y una segunda luna, negra, colgando mal en el cielo, porque hasta el cielo estaba intervenido. El gran vidrio: la catedral cristalizándose — las gárgolas plegándose a través de los rosetones, diablos de piel roja flotando dentro del vidrio encendido, alabarderos insectoides rodeando el atrio, la luz del órgano pulsando como un corazón equivocado. Para Navidad, Notre-Dame se cubre de telas rojas como la Kaaba se cubre de negras; ese año se cubrió de otra cosa. Los cables de telégrafo tendidos de la catedral a la torre cargada de plasma, y en las escalinatas un virrey calvo de levita mirando hacia arriba — no: mirando hacia acá, directamente al que mira el vidrio. Es la única figura de toda la ciudad que sabe que la están tallando. Y abajo, junto a un fueguito, el caballero blanco dibujando un plano en la tierra para sus tres compañeros. «Hagamos eso con Notre-Dame.»

La Baphometa tiene su ventana en la boca de la escalera del osario, a luz de linterna, y es cortesía pura hasta que se lee dos veces. La hechicera minotaura de gran cornamenta y marfil enfermo, tendiendo contratos que brillan en oro de usura, con los dos guardias-toro brutales flanqueando el descenso. El primer plano de su hocico largo y pálido y sus ojos corteses y terribles, a mitad de frase: «Su propio líder espiritual, Reynaud, ya firmó — aunque lamentablemente fue capturado.» Decía la verdad, que es lo peor que puede hacer un demonio. «Nosotros vamos a acabar con Asmodeus, con ayuda de ustedes o sin ella.» Y el tercer vidrio: los cuatro compañeros rehusando — los guanteletes yendo a las empuñaduras, y el viejo guerrero desarmado abriendo las manos entre las dos partes, como si las manos vacías fueran un idioma. Lo son. Esta sala lo demuestra dos veces.

El combate del osario se talló en cinco tiempos brutales, y la ciudad no lo suavizó porque yo no la dejé. La cortina vertical de hojas de fuerza cayendo mientras los cuatro se lanzan en clavada, con los hilos finos de luz que los unían todos al viejo desarmado — las heridas de ellos las sentía él, y su vida los sostenía. Aarón desplomado contra las paredes de hueso, el cuello oscureciéndose de veneno, una mano todavía alzada vertiendo luz tibia y sanadora sobre sus compañeros que pelean. El mundo agrisado y detenido: el caballero blanco moviéndose solo por el tiempo parado, reacomodando a los caídos — el que fue maldito con el casco de rana aprendió a usar los relojes de los muertos. El templario negro ante los guardias-toro gemelos: dos arcos limpios de sable, y los guardias se desploman, la luz de linterna en la hoja. Y el quinto vidrio: la maza que lleva engarzada la astilla de destello rojo — el golpe cae a mitad de súplica y la minotaura se dobla y cae, los contratos desparramándose de sus manos. «Yo no los quiero matar: los quiero hacer firmar», había dicho ella. Gritó — no esperaba esa magnitud de violencia — y yació muerta. El único rojo de toda la fase de ceniza es esa maza. La ciudad sabe dónde gastar sus colores.

Y entonces, en el corredor de huesos con su mala luz fosforescente, Pablo los alcanzó. La ventana guarda los nichos donde el sonido de hilanderas invisibles se dibuja como hilos finos saliendo de telares que no se ven — en el osario de París hasta el destino tiene talleres. El viejo cronomante, urgente y calmo a la vez; y el inset esquemático, tiza sobre oscuridad: la catedral, una palanca, la torre estallando, y puertas abriéndose a eras apiladas y traslúcidas en azul cronal. El plan terrible completo, en un dibujo que un niño podría seguir. Las cuatro caras en astillas de viñeta, divididas — rechazo, cálculo, asentimiento sombrío. Y el quinto vidrio: el viejo aferrando el antebrazo del caballero blanco, la voz quebrándose; el caballero inclinando la cabeza en juramento. «Que después no se tomen vacaciones: que construyan el gobierno de la nueva ciudad ucrónica.» Y lo otro, lo que de verdad le importaba: «Ustedes van a hacer que mi hijo, Kronamon, viva.» Decía la verdad. Aunque no toda la verdad. En esta ciudad esa frase está tallada dos veces, y las dos veces duele distinto.

La ventana del viejo tuerto es la única de la sala donde alguien silba. En el jardín mordido por la escarcha, junto a la fuente: el viejo de sombrero de fieltro roto y barba gris, más de lo que parece, alzando un cuerno de hidromiel a los caballeros que llegan. «¿Usted es Odín?» «Ya te dije: soy un viejo de mierda.» Los dioses son como mierdas: no son lo que quieras que sean. Su dedo apuntando a la maza de la astilla en el cinto del caballero blanco, la sonrisa tuerta, el ceño del caballero. Y el gran vidrio: sobre la mesa de piedra, trece bombas idénticas de metal oscuro vetadas de oro ardiente, y una pila de máscaras anónimas y lisas. El orco depositando su lanza de justa sobre las manos abiertas del viejo, con la nieve cayendo entre los dos — así se devuelven los cosmos posibles. Y el último vidrio, el que Lirio me pidió que no embelleciera: el caballero blanco arrodillado aparte, mientras una radiancia tenue se le desprende como aliento en el frío. Al aceptar el amparo de dioses ajenos, su Dios le retiró los poderes. No se quebró: lo asumió como sacrificio — elegido esta vez, la cara en paz. Hay dos maneras de perder la luz en esta crónica. La 102 fue la primera. Esta es la otra, y es la buena.

Bajo la catedral, la ventana de las bombas y el santuario. El corredor de hueso rajándose con un estallido de glifo sin sonido, los caballeros resguardados bajo una cúpula de luz tibia. El gran vidrio: cuatro figuras enmascaradas colocando las trece bombas vetadas de oro en las bases de las grandes columnas del laberinto templario — como ángeles de la destrucción, verdaderos exterminadores —, mientras arriba el techo tiembla apenas con los pasos de un baile. El caballero blanco dando cuerda a un reloj de bolsillo y guardándolo, mirando atrás una sola vez. Y después el vidrio que me pertenece más que ninguno: mi esposo, solo, quitándose la armadura negra pieza por pieza mientras el espíritu del minotauro traslúcido se alza a su alrededor llenando la bóveda entera. «Este lugar es mi santuario, es mi laberinto.» Ya tenía las cuatro armas de los cuatro ejes, y eligió no llevar ninguna puesta. El último vidrio son dos pares de guanteletes — uno que da, uno que recibe — con la astillita de madera oscura destellando su rojo de cruz entre ambos. Lo más sagrado de esta historia cabe en una mano, y siempre se está pasando a otra.

Esta es la ventana más grave del libro, y es la mía. Llego yo, al corazón del laberinto, con el libro dorado en brazos — ya no endemoniada; mi hilo, ahora, una cadena fina de luz. El hombre sin armadura, con sus dos marcas, se vuelve hacia mí. «Ocho siglos te esperé.» Ocho siglos lo esperé. El segundo vidrio es el eón del equilibrio manifestándose sobre los sigilos del piso — la luz en una mano, la sombra en la otra, dos esferas cósmicas orbitando: una blanca de creación, una de negro absoluto. El destino tiró los dados, y la esfera negra vino, inexorable, hacia mí. Ärsvan no lo permitió. El tercer vidrio lo muestra arrojándose sobre ella con las manos desnudas, y muestra también lo que yo vi y nadie más: sus viejas crueldades cayéndosele de encima como una armadura que se suelta, pieza por pieza, igual que en la bóveda de al lado. Y el gran vidrio final: la esfera de aniquilación cayendo como un meteoro negro — y la cadena áurea de la posibilidad última de redención abrazando al hombre que se desvanece, mientras arriba un solo ángel pliega las alas y llora. Miren esa cadena. Es el mismo oro de todos los contratos de este edificio — el oro de usura, el oro de las deudas — redimido de una vez y para siempre en el único pago que no empobrece a nadie. Redimido, renació de otro modo, en el polvo de estrellas oscuras. Yo tallé esta ventana con las dos manos, y no la voy a explicar más, porque el que la mire bien ya sabe todo lo que hay que saber sobre el amor y sobre el tiempo.

La implosión se cuenta rápido, porque así fue. Tres jinetes en un grifo alejándose en viraje sobre los tejados, mirando atrás — tres, ya lo dije: esta crónica sabe contar. El gran vidrio: el corazón de París implosionando — el distrito de la isla plegándose sobre sí mismo, la catedral derrumbándose hacia adentro, la torre descargando su columna de plasma azul, todo curvándose hacia el centro como papel en el fuego. El inset: la mano de un viejo bajando una gran palanca, serena. Cuando Helter y los suyos discutían sobre la palanca, Pablo la bajó. Nunca hay torneo. El bucle se rompe. Y el último vidrio de la ceniza: en el humo que sube, tres luces viejas y tenues — un sigilo cornado, una sombra de seis dedos, un cortesano oscuro — apagándose en los bordes del cuadro, olvidadas. Los viejos amos quedan como lúmenes olvidados, condenados a no protagonizar la nueva historia. La ciudad no les talló ni los nombres. Yo tampoco.

Y la última ventana no es una ventana: es la puerta por la que ustedes entraron. Sobre las cenizas se alza Neo París, la Ciudad Crónica — la ciudad fuera del tiempo donde cada puerta y cada ventana abre a una era distinta: un amanecer aquí, un siglo de tormenta allá, los cielos traslúcidos apilados. El único vidrio de todo el edificio inundado de azul luminoso, porque el retablo quemado de esta historia por fin fue restaurado. Si la composición les recuerda algo, es a propósito: es la explanada polvorienta de cruzada de la primera ventana de la primera sala, espejada — el mismo encuadre, ochocientos años y un mundo después, con un solo estandarte de cruz roja en la aguja de la orden nueva. El caballero blanco dando cuerda a su reloj de bolsillo y quedándose quieto al leer una inscripción diminuta, la cabeza inclinándose — lo que dice esa inscripción no lo talla esta ciudad; hay regalos que son solo de quien los recibe. Y el epílogo: el caballero arrodillado en juramento ante una pequeña silueta de niño coronada por un halo azul cronal — vive, Pablo; hicimos que viva —, el orco sosteniendo erguida la lanza consagrada, y una dama luminosa con un libro dorado montando guardia. Los Templarios del Tiempo, custodios de la ciudad nueva. La dama soy yo. El libro es este. La ciudad es la que ustedes acaban de caminar.

Aquí termina la Ciudad Crónica: el ala del polvo, las dos salas del marfil, la sala del contrato que cambia de piel a mitad de camino, y las dos últimas — la del corazón de París y la de la implosión —, que ya no tienen andamios porque ya no hay nada que apuntalar. Once salas, ciento veintiuna ventanas, ochocientos años. Los albañiles se fueron. No proyectaban sombra y no hacían polvo, pero dejaron el edificio en pie, que es más de lo que puede decirse de casi todos los que sí proyectamos sombra.
El paladín me preguntó, cuando le mostré la última ventana, qué se siente vivir en un edificio que termina en la propia puerta de entrada. Le contesté lo que contesto aquí: que así son todas las casas verdaderas. Se entra por el final, se camina hacia el principio, y en algún vidrio del medio uno se encuentra a sí mismo — yo medio monstruo gritando números, él con cabeza de rana mirando un marco de puerta — y sigue caminando igual. La Ciudad Crónica no está hecha de cosas terribles. Está hecha de cosas ciertas, y la más cierta de todas es que la verdad es hija del tiempo, y el tiempo, acá, por fin es nuestro.
Dejo las once salas abiertas sobre el atril de la biblioteca, para el que quiera caminarlas. En la última página, como marca, ya no pongo la hebra del hilo dorado: pongo la cadena entera, que ahora es de luz y no ata — abraza. De un ovillo que fue deuda, y hoy es dote. Los Templarios del Tiempo montan guardia en la aguja. El niño del halo azul crece bien. Y yo escribo, que es mi manera de dar cuerda al reloj.